A caza de botargas

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Botargas y mascaritas de Almiruete. Foto: R.C.

El 13 de enero de 1965, Julio Caro Baroja salió en coche desde Madrid hacia Guadalajara a la caza de botargas. Recorrió buena parte de la tierra alcarreña y recabó datos e información con la que luego publicaría un ensayo titulado, precisamente, a caza de botargas. El artículo está considerado la quintaesencia de la descripción etnológica, pura, nítida, ausente de adjetivos, de una tradición que representa como pocas la originalidad del costumbrismo de Guadalajara y de buena parte de Castilla. Pero Caro Baroja no fue el único. El trabajo de Sinforiano García Sanz y de otros folkloristas que le siguieron ha conseguido estampar para siempre la huella de estas fiestas, que ahora, después de San Blas, empiezan a alborear.

Las botargas, los botargas, los zarragones, las máscaras y los bufones que salen en Guadalajara con la llegada del Carnaval constituyen una de las manifestaciones más genuinas y expresivas del folklore provincial. La semántica no es casual y merece la pena detenerse en cada fiesta porque, aunque procedan de un origen común, todas tienen características y fechas propias de celebración. Las botargas, que mayoritariamente se concentran en la comarca de la Alcarria, son personajes estrafalarios, ataviados con un traje multicolor, cuya génesis puede aludir al deseo de fertilidad de la cosecha del año. También son figuras grotescas que burlan el destino, que desafían el presente, que ejercen cultos en honor de la naturaleza. La cristianización del acervo festivo puso todo ese elenco en manos del catolicismo, y ahí pasaron a depender de las candelas o de los patronos de cada pueblo.

Según la teoría estructuralista esgrimida por el antropólogo Lévi-Strauss, las máscaras, los mitos, la cultura material y el resto de elementos del folklore son manifestaciones externas de un código interno mental característico de la especie humana. Lo recuerda Kepa Fernández de Larrinoa y el grupo de profesores que firman Fronteras y puentes culturales. Danza tradicional e identidad social (Lamia-Pamiela, Gobierno vasco, 1998), un libro imprescindible para encontrar la brújula en estas lides. Algunos estudiosos han teorizado alrededor de la creencia de que existían duendes del monte que influían en el crecimiento de las cosechas, de tal manera que las danzas alentaban la abundancia de cereales. Hay más hipótesis sobre las raíces de estos rituales, aunque es cierto que quizá su origen prerromano puede no tener ahora la consideración que merece. Pongámonos en la piel de un lugareño celta o íbero vestido de la guisa que lucen las botargas para entender la profundidad y el sentido de rebeldía de unos ritos que afortunadamente han logrado traspasar la historia.

10940565_10155221621085347_7385330652668819291_nA propósito de los carnavales rurales, César Justel escribe que en Almiruete “los botargas (hombres) aparecen con máscaras terroríficas y mascaritas (mujeres). Mientras, recorren varias veces el pueblo haciendo sonar los enormes campanos que llevan sujetos a la cintura y arrojando pelusa a los espectadores”. La fiesta de botargas y mascaritas de Almiruete, que se celebra el próximo 14 de febrero, simboliza el auge de un tipo de celebraciones que tienen su parangón en el Zarragón de Alarilla, las botarga de Humanes, Robledillo de Mohernando (aquí hay dos, una adulta y otra infantil), Montarrón, Mohernando, Málaga del Fresno, Mazuecos, Razbona, Fuencemillán, Aleas, Arbancón, Retiendas, Peñalver. Se suman la botarga de Valdenuño-Fernández, que acompaña a los danzantes de esta localidad, y los botargas-danzantes de San Blas en Albalate de Zorita.

No todas estas fiestas tienen la misma antigüedad, ni tampoco se han conservado en idénticas condiciones y con la pulcritud necesaria. Sin embargo, todas merecen un viaje. Haría bien la Diputación Provincial, o los ayuntamientos implicados, en crear una ruta turística ahormada alrededor de estas citas de botargas que están cerca en el calendario y que tal vez merecen más atención por parte de quien debe. Está bien que todas estas celebraciones se conserven, pero estaría mucho mejor que sepamos sacarle partido no solo por una explotación turística sino por lo que supone para la identidad local. Las raíces hay que guardarlas, pero también difundirlas. Y hacerlo bien, y ordenadamente, y de forma cohesionada. Nada de eso se está haciendo en el turismo y la cultura de Guadalajara, especialmente, en lo que concierne al calendario folklórico, donde cada fiesta hace la guerra por su cuenta.

Puede que esta dejadez institucional tenga que ver con la “sordera” que el propio Caro Baroja arguyó para entender por qué los pueblos con identidad regionalista (Galicia, Cataluña o Euskadi, por poner tres ejemplos) hicieron un bosquejo completo de sus tradiciones y, en cambio, en Castilla se perdió esa oportunidad después del éxodo rural y la “indiferencia” (otra vez Caro) de la Universidad ante los estudios de la vida tradicional popular castellana durante las décadas de los cuarenta a los sesenta. Ahí se perdió un tiempo precioso para escudriñar aquello que los escritores noventayochistas llamaron el alma castellana. Algo se ha recuperado en las últimas décadas, pero aún quedan muchas fiestas en las que ahondar y otras, desgraciadamente, en las que ya no es posible porque se han extinguido.

Las botargas sí sobreviven y debemos aprovecharnos de ello. Viajen hasta los pueblos que tienen botargas. Acudan a la llamada de sus trajes vistosos. Recréense en sus movimientos. Vibren con el ruido que irradian. Degusten la toponimia, los pueblos recónditos y el paisaje excelso. Y recuerden siempre a los que supieron guardar este legado. Es el caso de Hermenegildo Alonso, El Mere, un caraturelo de botargas nacido en Beleña en 1915 y fallecido en Arbancón en 1994. El Mere fabricó más de cien caretas, cachiporras y castañuelas para botargas y otros elementos como carracas o esculturas de animales, en un legado que aún hoy sigue siendo el espejo en el que se miran las tradiciones de Guadalajara. Merece la pena perpetuar esta memoria.

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Homenaje a las botargas y zarragones de la provincia en Arbancón, durante el III Día de la Sierra, el 10 de octubre de 2010, organizado por la Asociación Serranía de Guadalajara.