Alcarreños de la Transición

la foto1Luis Monje Ciruelo, uno de los decanos del periodismo alcarreño, acaba de publicar un libro interesante y misceláneo repleto de testimonios que él mismo presenta en el subtítulo como “ochenta protagonistas y fiadores del cambio”. No es tanto así en la medida en que algunas de las personas incluidas no parece que coadyuvaran demasiado en la reforma política emprendida a partir de 1977. Sin embargo, Alcarreños de la Transición es un retablo coral que permite acercarse a aquel periodo de la mano de un periodista que acumula más de 20.000 artículos y ha sido corresponsal en la provincia de ABC, La Vanguardia y EFE. Y ahora, a sus 90 años, sigue escribiendo cada semana en Nueva Alcarria.

El volumen arranca con unas palabras de la presidenta de la Diputación, en las que no esboza ni siquiera una valoración somera de la Transición y se limita a agradecer el trabajo del autor, y un prólogo profundamente sectario de Ciriaco Morón, catedrático de Pensamiento Español en EEUU. Morón dedica la mayoría de su texto a ensalzar el papel de la Iglesia durante la dictadura, de tal forma que aparece presentada como la institución arquitecta de la Transición. Escribe cosas como que “en tiempos de Franco se crearon las condiciones económicas y culturales que permitieron la ejemplar transición de 1976-78. Defiende sin matices el nacional-catolicismo y sentencia que “ese papel de la Iglesia en la educación en aquellos años hay que recordarlo como una labor social impagable”. Y remata: “Nos parece increíble que todavía en 2013, con el nuevo nivel de vida que ha convertido en millonarios a muchos socialistas y comunistas, la izquierda mantenga su fijación anticlerical y anticatólica”. Es el clásico latiguillo clasista con el que la derecha que aparenta ser moderada reprocha a sus adversarios políticos su ascenso en la escala social, pero lo que no se acaba de entender en este caso es qué demonios ha influido la Iglesia en todo eso.

Afortunadamente, el tono general del libro huye de este sesgo ideológico. El periodista entrevista a casi 80 personajes que componen un retrato plural de la Guadalajara anterior y posterior al fin del franquismo. El libro no es un ensayo historiográfico sobre la Transición, sino una recopilación de diálogos con personajes públicos destacados (unos más que otros) en la Guadalajara que abarca desde los setenta hasta finales de los ochenta. Monje rescata los perfiles que escribió para Nueva Alcarria entre 1985 y 1986 y acompaña cada uno con textos actuales firmados por los propios entrevistados o por personas cercanas. La contraposición de ambos escritos es una buena idea. Permite comparar épocas y facilita la introspección personal de los protagonistas.

La lista de entrevistados es muy completa. Incluye políticos de todas las ideologías, sindicalistas históricos, representantes de la cultura y la sociedad, sacerdotes, periodistas y hasta falangistas irredentos. Javier de Irízar, José María Bris, Luis y Agustín de Grandes, Florentino García Bonilla, Francisco Palero, Buero Vallejo, Alonso Gamo, Criado de Val, Feliciano Román, José Luis Ros, Jesús Pla Gandía, Vicente Moñux, Antonio López Polo, Domingo Cardero, Salvador Toquero, Felipe Solano, Juan Antonio Martínez Gómez-Gordo

Faltan algunos nombres que, sin ser alcarreños, sí tuvieron un papel relevante en los años de la Transición. Por ejemplo: José Bono, primer presidente autonómico de Castilla-La Mancha, al que se menciona varias veces y (casi) siempre en tono negativo; o Benigno de la Torre, gobernador civil en Guadalajara durante el golpe de Estado del 23-F, que conserva recuerdos muy jugosos sobre aquel momento decisivo en la provincia. La asonada militar del 81, por cierto, apenas aparece mencionada en la obra.

La única mujer incluida en la nómina de entrevistados es Blanca Calvo, alcaldesa de Guadalajara entre 1991 y 1992 y directora de la Biblioteca Pública Provincial hasta 2013, año en que se jubiló después de tres décadas de ejercicio. El autor podría haber aprovechado esta presencia solitaria para hacer hincapié en el cambio que ha representado la democracia para la igualdad y los derechos de las mujeres. Pero no. Ha optado por un tosco párrafo en el que admite, con razón, que él no tiene la culpa de que en esa época no hubiera tantas mujeres en puestos de relevancia, aunque añade: “Tampoco me preocupé de recuperar alguna más en busca de un mayor equilibrio de sexos. No había entonces la presión feminista de la actualidad, en que se ha llegado a exigir el mismo porcentaje de hombres y mujeres en los puestos de dirección, sin atender a los méritos”. Cada uno es libre de ser partidario o no de la denominada discriminación positiva, pero la ausencia de mujeres en ese periodo no es algo caído del cielo. Era el reflejo de una sociedad machista, desigual, profundamente injusta. Hubiera estado muy bien subrayarlo.

Los perfiles más interesantes son los que huyen de anécdotas personales y deslizan una mirada general desde su propia experiencia. Ninguno entra a fondo a valorar la Transición, pero los hay que sí firman pinceladas. Casi todos, a derecha e izquierda, aplauden el consenso y el esfuerzo de reconciliación de aquel momento, pero coinciden en que el llamado espíritu de la Transición se está perdiendo. Y muy pocos de los entrevistados -ni siquiera entre los más progresistas- son capaces de realizar un atisbo de autocrítica sobre un periodo a todos luces insuficiente para superar los problemas de la España actual.

“Estimo haber puesto mi granito de arena para que se olvidasen las dos Españas a las que se refería Antonio Machado, un espíritu de la Transición que ahora veo peligrar por controvertidas decisiones del gobierno”, escribe Bris en su texto, firmado en marzo de 2010. La mayoría de las opiniones circula por estas líneas. Las referencias veladas a la ley de Memoria Histórica aprobada durante el gobierno de Zapatero son constantes. Sin embargo, ninguno se atreve a citarla expresamente.

Otro alcalde de Guadalajara, Irízar, sostiene: “la generación entrevistada hace más de 25 años debe dejar paso definitivamente a las siguientes”. Leopoldo Torres, diputado nacional del PSOE por Guadalajara que llegó a ser Fiscal General del Estado a principios de los noventa: “Me inquieta la indeseable deriva que está tomando la vida política, y el peligro de que se devalúen los valores superiores de la Constitución”. Luis de Grandes, dirigente seguntino de UCD, el PDP, AP y ahora del PP, uno de los artífices de la domesticación de la ultraderecha alcarreña, advierte: “soporto bien las hemerotecas”. “Sigo siendo un centrista, el tiempo no me ha radicalizado. Cada día siento más respeto por la verdad de los demás que tiene que ser compatible con la mía”. De Grandes califica de “temerario” el intento de enterrar el espíritu de la Transición por parte de “una izquierda que vuelve donde solía”.

Haciendo balance de la Transición, Javier López, secretario provincial del PSOE a principios de los ochenta, admite que “existen aspectos de la realidad que, desde nuestra perspectiva de hoy, podían y debían haberse solucionado mejor”. Francisco Tomey, presidente de la Diputación durante 16 años, asegura que “la Transición debe ser admirada, pero tuvo también sus sombras, pues para consensuar se hicieron concesiones todavía no resueltas”. Puede parecer que estas dos opiniones van en la misma línea, pero no es así. Mientras el primero se refiere a las deficiencias en la práctica democrática (por ejemplo, con la personalización excesiva del poder), el segundo dirige su mirada a la unidad de España, que considera en peligro. Ambos testimonios son el arquetipo de la crítica que suscita hoy la Transición a ambos lados del cuadrilátero político.

El nacimiento de la región también encuentra su espacio en el libro. El presidente de la preautonomía de Castilla-La Mancha, Antonio Fernández-Galiano recuerda que el primer Presupuesto regional, en 1979, quedó plasmado en unos folios pegados con papel celo. El asunto dio pie al PSOE para denunciar la improvisación del momento. “Les faltó poco para acusarte de prevaricador. Ya se vio entonces que la propaganda y la manipulación eran el fuerte de los socialistas”, escribe Monje, quien ejerció de jefe de prensa del dirigente de UCD. El político, más moderado, contesta: “Bueno, yo no quiero acusar a nadie”. Fernández-Galiano estuvo tres años y dos meses de presidente. Cuando se aprobó el Estatuto de Castilla-La Mancha, se marchó. Dejó una huella de seriedad y equilibrio.

La entradilla en los perfiles de personajes de la izquierda suele empezar con el mismo esquema: destacando las raíces católicas en la formación de iconos de la izquierda provincial como Francisco Palero, que llegó a ser secretario de Organización del PCE, o Juan Ignacio Begoña, concejal comunista en el Ayuntamiento de la capital. De éste último escribe el periodista: “A pesar del bigote, no tiene el fiero aspecto con que durante tantos años nos han pintado a los comunistas. Por el contrario, es un hombre cordial, amable, más bien callado, como si quisiera hacerse perdonar su condición de militante de Partido Comunista de España”. Palero subraya que “debemos afianzar aquello que nos ayudó a diseñar el futuro, dejando atrás visiones y posiciones fratricidas”.

El relato más interesante de este bloque es el de Antonio Rico, diputado provincial por el PCE y sindicalista histórico de Vicasa. “El hombre que más detenciones ha sufrido en Guadalajara”, puntualiza Monje con acierto. Rico fue un luchador por las libertades desde la clandestinidad y luego ejerció de número dos de García Bonilla en el Ayuntamiento de Azuqueca. “Creo que la clase obrera de la provincia de Guadalajara, a pesar de tener una escasa industria estuvo en la vanguardia de la lucha obrera por conseguir unos salarios dignos y la libertad sindical y política inexistentes hasta entonces”, puntualiza Rico.

En el capítulo cultural las dos entrevistas más interesantes son las de Cela y Buero Vallejo. En la primera, el autor ofrece al lector un relato jugoso, muy bien escrito, de un narrador que aún no era premio Nóbel pero sí tenía en mente Nuevo Viaje a la Alcarria. “Contra la opinión de la gente, Cela es cordial, educado y amable, y muy difícilmente incurrirá en groserías con nadie. Eso sí: su conversación no es para novicias, y es impensable que alguien le pueda tomar el pelo”, escribió el autor en junio del 85. La entrevista, transcrita como casi todas en estilo indirecto, se completa con un texto de Francisco García Marquina, poeta y biógrafo de Cela, lo cual siempre es una garantía. “La relación de Cela con Guadalajara -subraya Paco- fue generalmente afectuosa por ambas partes. Guadalajara le puso calles, le concedió medallas, le hizo socio de honor de la biblioteca, dio su nombre a un premio provincial de narrativa, le nombró hijo adoptivo y consagró a su famoso Viaje a la Alcarria un museo en el castillo de Torija. Por su parte, Camilo siempre ensalzó a esta tierra y a sus hombres y participó en cuantos sucesos culturales era requerido”.

El encuentro con Buero tuvo lugar en enero de 1985 con motivo de la fiesta de los Populares de Nueva Alcarria. El dramaturgo fue la estrella de este acto. “Nos pareció en esta ocasión que Buero Vallejo estaba menos encerrado en sí mismo que en visitas anteriores”, pergeña Monje. Preguntado por la gloria literaria, Buero responde: “Merece la pena luchar por tu propia superación, para quedarte un poco menos insatisfecho de ti mismo. Por el hecho de que luego alguien al leer o ver tus obras te diga “gracias, Buero, he llorado o me he emocionado”. El autor de El tragaluz se detuvo especialmente en la Guadalajara de su infancia, evitó hablar del presente y, al recoger el premio, dedicó palabras de elogio a José de Juan-García, condiscípulo suyo y director de Nueva Alcarria entre 1947 y 1972.

Pablo Llorente, durante tantos años gerente del Patronato Municipal de Cultura, con el carné número uno del PSOE en Guadalajara, recuerda en su texto un verso de Fernando Borlán: “Ver si puedo rimar hombre con vida”.

Es una buena síntesis del libro de Monje Ciruelo, cuya virtud principal es ir a la raíz de la huella personal de cada uno de los personajes que aborda. Mediante un lenguaje sobrio y austero, el veterano periodista aporta un caudal enorme de claves para entender la Guadalajara de un tiempo que aún hoy marca el presente. Una lectura enriquecedora.

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Alcarreños de la Transición
Luis Monje Ciruelo
Aache Ediciones, 2013
343 págs.