El Pregón de Almudena de Arteaga

Magnánima, como siempre, has abierto tus puertas y puentes de par en par para permitir adentrarse en tus umbrales a todo el que así lo desee.
¡Escucha!
¿Oyes como las vihuelas susurran seductoras melodías? Poco a poco enaltecerán su tono para deleitar el ánimo de los anhelantes.
¡Mira allí!
¿Ves los cantaros de miel que hay posados sobre las mesas francas? Parecen vibrar impacientes a ser despojados de sus sellos para endulzar hasta el más goloso de los paladares. Junto a ellos hay una sugerente carreta. El aroma de los odres de vino que carga ya excitan a los más sedientos que disimuladamente y como quien no quiere la cosa, van cercándola ansiosos por mojar sus labios en sus brocales.

¿Lo sientes? La ansiedad de todos por comenzar a reir, amar y compartir se palpa en el ambiente.
Guadalajara, eres capital de labor, cultura, historia y divertimentos. Eres esa entrañable orbe de acogidas donde cualquiera que aquí recala se contagia del ejemplo de los grandes hombres y mujeres que aquí un día nacieron, vivieron o murieron.
Paradero de buenas gentes a las que el destino les otorgó la dicha de cruzarse en tu camino. Eres por excelencia la morada de nobles almas, aquellas que hospedas en tus casas, palacios, bibliotecas y conventos. Y es que los sueños se acomodan en tu regazo para dejarse arrullar entre tus brazos.
Guadalajara, incapaz de ignorar tu poder de seducción eres la mujer, hermana, madre o hija de todo el que te quiere adoptar. ¡Si hasta el eco de tu nombre retumba una y otra vez al otro lado del océano en tus lugares tocayos!
Desperté un día la rememorar tu historia por primera vez, vibré al conocerla y quedo extasiada cada vez que la evoco. Mi corazón, inevitablemente, late en pos de todo lo que a ti te toca. ¿Será por que por mis venas corre la sangre los que de ti hicieron su cuna, morada y sepulcro? Señores que aún sin poseerte del todo, pues siempre fuiste de señorío de realengo, te eligieron como amante durante generaciones ansiosas por regalarte todo aquello que deseabas para convertirte en una villa digna de ser corte.
Por ellos y por todos los que por ti lucharon sembrando su semilla en ti, adquiriste dones como la solemnidad, la majestuosidad, la bondad y la cultura.
Quizá sea por eso por lo que siempre irrumpes apasionadamente en mis pensamientos.
Inconscientemente me obligas una y otra vez a rebuscar en tu arcón nogaleño de recuerdos para encontrar alguna mujer, hombre o acontecimiento digno de rememorar en una novela antes de que la erosión de los tiempos borre su huella por completo.

Traviesa como siempre has sido, disfrutas poniéndome las cosas difíciles pero al final tu generosidad acaba por brindarme lo que anhelo.
Me llamas para recorrer tus calles y fundir mis cinco sentidos en ti. El río Henares me da la bienvenida con su eterno fluir de creatividad. Sus manantiales me abren tus puertas y me adentro en ti sin temores ni desconfianzas. Dispuesta a viajar a otros tiempos con los pies bien plantados en tu tierra.
Mis pasos se encaminan hacia el año 1293.
Cruzando tu puente me siento rodeada por docenas de caballeros que escoltan a una reina medieval. Es María de Molina, mujer de Sancho IV El Bravo que acompaña a su hija Isabel de tan sólo nueve años para entregarla en matrimonio al rey de Aragón. La paz entre los dos reinos así lo demanda. La muerte de su tía doña Berenguela, señora de aquella villa le hizo a ella acreedora del título de Señora de Guadalajara. Cruzando el puente Doña María alza repentinamente la voz para hablar en nombre de su hija mayor. ¿Lo recuerdas?

 -¡“Vasallos de Guadalajara. Confirmamos los fueros, privilegios y libertades de la ciudad de Guadalajara, incluida la exención del pago del portazgo y alguna que otra adehala”!
No era una concesión muy normal en aquel tiempo así que aquella nieta de Alfonso X El Sabio la debiste de seducir.
Los vítores fueron enmudeciendo según me dirigía al Palacio del Infantado. Una piedra pintada con cal en números romanos me muestra el año en que estamos. Es el 1408.
A las puertas del Palacio del Duque del Infantado algo extraño sucede. Los gritos de alegría anteriores se tornan silencio sepulcral. La silueta del Palacio del Infantado tiembla como si fuese un espejismo hasta transformarse en un grupo de casonas. De sus balcones penden paños negros de luto. Una mujer desesperada llama a su aldabón sin recibir respuesta aparente. Es la señora de los siete valles de Cantabria, Doña Leonor de la Vega que viene de la mano de su hijo Don Íñigo López de Mendoza, futuro marqués de Santillana, poeta y soldado a suceder a su padre Don Diego, Almirante de Castilla, y señor de Hita y Buitrago. Su mayorazgo paterno acota pueblos y villas como las de Azuqueca, la Aldehuela, Pioz, El Pozo, Balconete o Santorcaz y desde Guadalajara siempre las podría vigilar. La dueña de casi toda la costa cantábrica sabe que este lugar del centro de la Península Ibérica es el que mejor servirá de asiento a su futura progenie y por eso precisamente quiere que su hijo comience a amarte desde su más tierna infancia. Tanto ahínco pone en glorificarte que hasta consigue que aquí se celebren las Cortes presentándote allá por el año 1408 de nuestro Señor, a Don Juan II de Castilla aún niño, a el que sería su gran valido, Don Álvaro de Luna y a otros tantos hombres y mujeres destacados de su tiempo.

Al cruzar el umbral junto a ellos, Doña Leonor desaparece ante mis ojos y su hijo crece, envejece y muere. Los años pasan vertiginosamente y el fantasma del vencedor de la batalla de Olmedo parece esperar a alguien. El espíritu de Don Íñigo lleva más de tres décadas refugiado entre su pluma, tintero y libros esperando a que sus descendientes hagan realidad el sueño de todo cristiano desde hace siglos.
En la lontananza de su obligada clausura el tintineo de sus victoriosas espuelas le dibuja una sonrisa en los labios. Son ellos, que regresan a ti acompañados por una centena de valientes soldados alcarreños que les siguieron para luchar por Castilla y su reina Isabel la Católica en su particular cruzada. La reconquista de España, por fin, ha culminado y la toma de Granada, a principios de 1492 sigue celebrándose desde hacía un par de meses.

El primero en visitar el altar mayor de San Francisco donde estaba su sepulcro para darle la buena nueva fue su hijo Pedro, todo vestido de púrpura, y más conocido como el Cardenal Mendoza. Nadie mejor que él para informarle habiéndose convertido en el brazo derecho y consejero de la reina.
Le seguían los hijos de sus hijos, su nieto mayor Íñigo, el segundo Duque del Infantado y tu engalanador principal y el Conde de Tendilla, uno de los más valerosos generales de los Reyes Católicos al entrar en el bastión granadino hudiendo en la miseria para siempre a Boabdil.
Al verlos allí victoriosos junto a sus hombres a mi mente acuden las palabras que pronunció su bisabuelo, Don Pedro de Aljubarrota al tener la posibilidad de huir y no hacerlo. Es un lema que llevan tatuado a fuego en sus almas:
“No quiera Dios que las mujeres de Guadalajara digan que quedan aquí muertos sus hijos y maridos y yo regreso vivo”

Y de nuevo los contornos de aquella casona se difuminan para convertirse en lo que hoy son. Y es que precisamente el segundo Infantado, además de triunfar en la guerra quiso hacerlo en la arquitectura. Los tiempos de guerra y castillos-fortaleza se habían terminado para dejar su lugar a esa prosperidad y paz que todos deseaban.
Íñigo de Mendoza y Luna fue el amante más fiel de entre todos los que mi familia tuviste. Él, para agradecerte todo lo que por gracia le otorgaste, quiso honrarte con un especial baluarte. Una alhaja que relumbrase sobre tu efigie perdurando eternamente. Algo que te hiciese única entre todas las novedades que el Renacimiento nos traía. Y así fue como mandó construir a Juan Guas el Palacio que hoy conocemos sobre las casonas principales que le vieron nacer.
Al entrar en el patio bailando con el soniquete de las campanas de San Francisco escucho las notas de los replicantes cinceles esculpiendo leones, volutas, vegetación y otros mil ornamentos sobre la piedra.
Aún extasiada por la belleza de sus arcos y columnas oigo el rugir de un león. Bajando las escalinatas dos hombres le acaban de dar captura asustándole con fuego y se lo llevan de nuevo a la plaza. Debe de ser aquel que se les escapó mientras luchaba con un toro jalapeño en los festejos que el Duque organizó aprovechando la parada del emperador Don Carlos, que, victorioso, venía con su regio prisionero, Francisco I Rey de Francia desde Pavía.
 De pronto, como si de un extraño eclipse se tratase, el sol desaparece para dejar lugar a una inmensa luna llena. Una alegre música de trompetas y atabales suena entre el estruendo de miles de fuegos de artificio cuando una mano amiga se posa sobre mi hombro. Al girarme la veo y me doy cuenta de que de un plumazo ha pasado otro medio siglo.
 Solemne, bella y sonriente como siempre Doña Ana de Mendoza me guiña el ojo libre de parche para señalarme a la esquina contraria. Allí flirtean Don Felipe II y una jovencísima princesa de Francia, Isabel de Valois.
 A su alrededor todos engalanan el Palacio a la veneciana para la celebración de su boda al día siguiente. Las mujeres cuelgan de los balcones tapices, gualdrapas y banderines. Maestresalas, mayordomos, pajes y azafatas corren por las galerías cargados de viandas, plata bruñida, flores y velones para disponer un banquete que presupongo pantagruélico por el contenido de las bandejas.
 Dos caballeros aún provistos de sus lanzas vienen de ensayar para los juegos de cañas, recuerdo pacífico de las antiguas justas que al amanecer de darán entre los estrados del jardín.
 Un bailarín se acerca para tenderme la mano pero cuando voy a tomarla dispuesta a formar parte de la algazara se evapora entre risas y murmullos.
 Y allí, sentada sobre una baldosa de tu faz, veo correr en muy poco tiempo generaciones enteras de antepasados caminando por tus callejas. Pasan fugazmente años, lustros con sus guerras, paces y festejos; hasta que topo con el rostro de un hombre que recuerdo sin necesidad de cuadros y fotografías.
 Es mi abuelo, Íñigo de Arteaga y Falguera, XVIII Duque del Infantado, que hace cincuenta años quiso regalarte su palacio, el mejor que heredó y que más amaron los suyos. Es verdad que después de los bombardeos, saqueos y fogatas que con sus artesonados hicieron quizá no tuviese por aquel entonces la gallardía de antaño, pero seguía en pié sobre tus pilares dispuesto a volver a ser el edificio más insigne de tu ciudad incluso después de tu gran expansión.
 A cambio sólo se reservó un recoveco donde los de su sangre pudiésemos venir a honrarte y acariciar los recuerdos que durante más de seis siglos sus antepasados compartieron contigo.
 ¡Hoy comienza tu feria y con toda certeza sabemos que nos darás lo mejor de ti misma!.
 ¡Guadalajara, fuiste, eres y serás la amante perfecta donde todos los arriacenses de corazón y nacimiento querrán arraigar!”.