Entre olivos, gachas y soportales planos

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Vista general de Alhóndiga. Foto: Ángel de Juan.

Hay pocas cosas más humanas que el derroche de generosidad y alegría de las gentes de pueblo. Los caminantes de la ruta del viaje a la Alcarria llegan a Auñón. Nueve y media de la mañana. El día ha amanecido claro y algo más fresco que ayer. No está la banda municipal, pero sí el alcalde, algunos concejales, el mayordomo de la ermita de la Virgen del Madroñal y varios vecinos. El trato es generoso y espléndido. “Nos están recibiendo con las mejores galas y eso es de agradecer”, dice uno de los viajeros.

Desde Sacedón, donde han pasado la noche en la misma posada en la que durmió Cela en junio de 1946, los peregrinos han alcanzado Auñón con la ayuda de un coche de línea. Santos Hernando, conocido como El Muelas; Salvador Sánchez y Mariano Villaverde demuestran que, a pesar de las arrobas y de los años, el senderismo no entiende de jubilaciones. Y lo de coger el coche o el autobús no es nuevo: también lo hizo Cela hace sesenta años. Por ejemplo, para ir desde Sacedón hasta Tendilla, pueblo donde el viajero almorzó una perdiz, y luego hasta Pastrana.

La jornada de hoy transcurre, precisamente, entre Sacedón y Tendilla. Lo primero que hacen los viajeros en Auñón es visitar el pueblo. El clima es agradable y las callejas rebosan silencio y templanza. Las explicaciones son extensas, prolíficas. Y los viajeros no pierden ripio de ningún detalle. Hablan con la gente, preguntan curiosidades y se preocupan por sus problemas. La comitiva se detiene, sobre todo, en la iglesia de San Juan Bautista, obra del siglo XVI. Mariano piensa en la anécdota de ayer: “esta no es como la iglesia de Casasana, era la única de las que hemos visto que hacía calor dentro y fresquito fuera, en la mayoría pasa al revés”.

Bernardo Herrero tiene 75 años y desde hace cuatro es el mayordomo de la ermita de la Virgen del Madroñal. “Soy muy clásico, yo soy muy clásico hasta en el comer, no quiero gachas porque no es invierno”, dice. Así que en el almuerzo que preparan en el hostal rural no prueba las gachas. Eso sí, le quedan más platos: el picadillo, los torreznos, el choricito frito, las torrijas. Una antología. “Ven aquí, ven a este lugar que hay unas vistas magníficas”, advierte Bernardo. Y, al fondo, surgen los campos de cebada. Cela fue mucho más prosaico en su trazo: “al cruzar por Auñón las criadas van cantando lo de Rosa de Madrid. Una gorda, cachonda y descarada, grita: ¡Viva mi novio! Las otras, que parecen más honestas, no gritan más que ¡Viva mi pueblo!, o ¡Viva yo!, que es un viva que nunca falta”.

Antaño, la iglesia de Auñón disponía de cuatro hermosas campanas. Ahora sólo le queda una. Pero la torre se apiña en torno al casco y forma un conjunto bellísimo. Las casonas de este pueblo, la mayoría con balcones de rejas, ofrecen una estampa recia. En invierno, según cuenta el alcalde, viven unas 170 personas. En verano la población se triplica. “Ahora hemos aprobado una ordenanza para evitar que la gente construya a su antojo y fastidie la imagen”, relata.

Después del almuerzo opíparo, llega lo peor. Los viajeros se van con el estómago lleno y lo primero que encuentran al paso es una cuesta descomunal, con un desnivel de 200 metros, según detalla el altímetro que lleva en la pulsera Salva. El esfuerzo es durísimo. El sol comienza a atizar con avaricia y apenas corre el aire. Las vistas, con Auñón al fondo, actúan de bálsamo. Pero los viajeros llegan a la cima con la lengua fuera.

Detrás de la colina se divisa Alhóndiga, otro de los pueblos por los que Cela anduvo hace seis décadas. La bajada es agradable por un humilde camino de sendero. Las piedras provocan algún que otro resbalón y un establo de caballos da la bienvenida a la tropa. Entretanto, El Muelas, con su habitual simpatía, evoca el origen árabe del topónimo de este pueblo. El Muelas es un señor que, a sus 53 años, rezuma cultura por todos los poros. Y tiene varios poemarios escritos que algún día se decidirá a publicar. “Aprendí árabe cuando estuve en Marruecos, pero era un nivel muy popular porque hasta Egipto o el Sultanato no se hablaba un árabe depurado”, cuenta. De camino, en el décimo capítulo del libro, Cela escribe: “el paisaje es, en general, verde y con árboles, y así sigue hasta después de Alhóndiga, hacia la casilla de peones camineros que hay en el cruce de la carretera que va a Fuentelencina, donde empieza otra vez la meseta”.

La fatiga va pesando en las piernas, aunque siempre queda algo de eso que llaman el orgullo torero. “Hay que hacer el camino andando, lo que pasa es que hay muchos kilómetros de la ruta que transcurren por carretera y eso quema mucho el pie del caminante”, comenta Mariano. “Si este proyecto tira para adelante y quieren formalizar la ruta, deberían habilitar más tramos por camino de sendero porque es más agradable y menos sufrido de andar, y también menos peligroso”. El Muelas está escuchando la conversación y está de acuerdo: “es verdad, llevas razón, ¡y lo maravilloso que es el Camino de Santiago!, ¡qué caminos, pasando debajo de los árboles…! Aunque al final añade: “pero oye, a mí no me duelen nunca los pies andando por carretera y encima te evitas las cuestas de los caminos”.

Además del sénior de la plantilla, Salva Sánchez es el más dicharachero de los cuatro peregrinos. Mariano aporta su serenidad y El Muelas habla de pintores y de artistas durante las caminatas, mientras él se bandea a gusto con las mozas y siempre tiene un chascarrillo que largar. Da gusto conversar con ellos porque transmiten la esencia de lo que tiene que ser un senderista: tenacidad, buen humor y capacidad del disfrute, observando el paisaje y charlando con las gentes. “Nosotros ya, a esta edad, lo que tenemos que hacer es disfrutar todo lo que podamos, yo siempre intento estar ocupado en algo y moverme con mi mujer, pero vamos, ¡nos sentimos muy en forma!”, remacha Salva.

Alhóndiga, según el autor de La colmena, “es un pueblo de adobes colgado sobre el río Arlés, que baja desde el pico Berrinches, en la sierra que hay detrás de El Olivar”. La parada que hacen los cuatro viajeros es mínima. Una visita al servicio, un café por invitación del alcalde y otra vez en ruta. Ahora, por carretera. Son las doce y cuarto de mediodía. Ya no corre la brisa de primera hora. Las nubes han desaparecido y el día se ha abierto caluroso. A la salida, la carretera se empina demasiado. Es uno de los tramos más difíciles hasta la altura de El Berral, donde la cosa cambia. La pendiente se vuelve llano y los trigales sustituyen a los olivos y los cerezos. Estamos en La Alcarria de los paisajes realistas. Aquella del cielo azul, los campos ocres y los horizontes sin límites. Parece Segovia. O Soria. Pero resulta que es Guadalajara. “Es La Alcarria monda y lironda”, sentencia uno de los caminantes. Salva zanja la conversación: “yo, la verdad, prefiero el verde”.

alhondiga0047La conversación se extiende y queda anclada en los pueblos. Y en lo mucho que han cambiado. Seis décadas después de que Cela enfilara La Alcarria, poco o nada queda de aquel paisanaje. Los viejos paradores están cerrados y olvidados, y los pastores son casi una anécdota. Imágenes como la del macho cabrío “que asoma, erguida la cabeza, profundo el mirar, orgullosa y desafiadora la cuerna, por una bocacalle” en Brihuega, no se volverán a repetir. La albardería de El Rata en Cifuentes pasó a la historia y en los jardines de Brihuega ya nadie muere en la adolescencia. Igual que el balneario de Trillo, recientemente inaugurado, que ya era leprosería cuando Cela anduvo por allí. O El Olivar, un pueblo “miserable, perdido en la sierra, en tierra de lobos”, que hoy es un ejemplo de restauración arquitectónica.

Ahora tenemos pantanos, AVE, buenas carreteras (en general), una torre nueva en la iglesia de Pareja, un museo en el castillo de Torija, una central nuclear y otra que acaba de cerrar. Y por el camino de Trillo pasan diariamente cientos de camiones para llevar caolín desde Poveda de la Sierra hasta Taracena. Decía Cela que “el adiós, que tenga usted suerte, que dice la campesina, o la tabernera, o la lavandera o la arriera, o la pastora, es una despedida para siempre, una despedida para toda la vida”. Se equivocó este viajero, desastrado y de mala pinta, que llegó a ser premio Nóbel. Al menos en dos ocasiones volvió a andar el camino andado y pudo recibir el calor de los que le vieron pasar la primera vez.

“Dos o tres kilómetros antes de llegar a Tendilla –cuenta Cela-, y a mano izquierda de la carretera, hay unas ruinas corrientes; el viajero no sabe si serán históricas, lo que sí sabe es que le parecieron poco interesantes”. El paisaje y el paisanaje de La Alcarria, en acertada expresión de Manu Leguineche, siempre estarán unidos a la figura celiana. Son inseparables. Como el Ampurdán y Dalí, Soria y Machado o Cervantes y La Mancha. Hay libros que crean un imaginario que sobreviven a la región. Viaje a la Alcarria es uno de ellos. Ya lo decía el escritor gallego: El que resiste, gana.

Cela describió a Tendilla como “un pueblo de soportales planos, largo como una longaniza y estirado todo lo largo de la carretera. En este rincón es donde tiene un olivar el escritor don Pío Baroja, para poder tener aceite todo el año”. La madre de una de las chicas que estaban en la taberna contestó: “Sí, hijas, sí: ese señor es el señorito de la Eufrasia, es el que ha comprado ese terreno del sendero de Moratilla, el que está dando con el del tío Pierdecarros”. El viajero, después de la charla, deja el equipaje y da una vuelta por el pueblo. Y se detiene delante del “Parador Antiguo de Juan Nuevo”. Lo que ocurre es que al entrar no le despacha nadie, más que una perra “ruin y flaca” que le ladra con desdén. La perra se llamaba Perlita.

A las tres en punto de la tarde, los tres viajeros cruzan los primeros soportales en Tendilla. Hace un sol de espanto y no se ve a nadie en las calles. Los caminantes, a juzgar por las marcas en sus camisetas, pueden decir que las han sudado de lo lindo. Reposan dos minutos sobre el bordillo de los soportales, sacuden la tierra acumulada en las zapatillas y se limpian el sudor.

El Muelas toma aire agitando su sombrero. Salva se sienta un poyo cercano a una casa medio derruida. Y Mariano se queda pensativo, acaso dándole vueltas a la caminata. El almuerzo que prepara en su hostal Juan Antonio Nuevo, el nieto del dueño del parador que atendió a don Camilo, lo compensa todo: jamón de bellota, queso curado, espárragos de Aranzueque y espalda de cabrito. Casi nada en La Alcarria.

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PD.- Texto inédito escrito en 2006, cuando se cumplió el 60 aniversario del Viaje a la Alcarria, de Camilo José Cela., a propósito de este viaje recreativo organizado por la Casa de Guadalajara en Madrid, Rayet y varias administraciones. El recorrido arrancó el 6 de junio de 1946 y, ya que estamos en el mes celiano, sirva la recuperación de estas líneas como un homenaje diminuto y humilde a una obra que sirvió para hacer un retrato perenne de la Alcarria y sus gentes. En mi blog LaGarlopa dedico un especial a CELA, con una selección de artículos y reportajes propios y ajenos.