Eterno Sampedro

Sin hacer ruido, sin alharacas, con una discreción coherente con su perfil vital. Así se ha despedido José Luis Sampedro. Su viuda, Olga Lucas, ha comunicado este martes la noticia del fallecimiento del escritor, el domingo por la noche, en su domicilio de Madrid. Tenía 96 años, una mente lúcida, un bagaje literario de peso y una capacidad didáctica envidiable.

Cuando un famoso se muere, las personas que le conocieron suelen sentir la necesidad de recordarlo. Puede que exista un prurito de vanidad en este gesto, pero también una sana reivindicación. Evocar a aquellas personas que dejan huella es un bálsamo contra el presente. La vida es un invento infumable si uno no es capaz de aprovechar esos raticos en los que se escucha, se aprende y se disfruta a partes iguales.

Tuve el placer de entrevistar a José Luis Sampedro en su casa de Madrid, cerca de Islas Filipinas, en octubre de 2006. La charla se publicó en Nueva Alcarria y giró alrededor de la actualidad política, la literatura y Guadalajara. La experiencia resultó impactante. Me impresionó su humildad y el trato afable con un plumilla de extrarradio. Reiteró su cariño por esta provincia y, sobre todo, por las gentes del Alto Tajo. Con una sonrisa en la cara, deslizó su añoranza por aquellos viajes de 1961, en autobús o a pie, que culminaron en El río que nos lleva. “Conocí a muchas personas nobles, a veces analfabetos, y conservo anécdotas muy interesantes”, reveló.

Varios de los compañeros de la provincia que también tuvieron la oportunidad de estar cerca de él han recordado hoy su figura de hombre bueno, en el sentido machadiano del término. Sampedro era hijo adoptivo de Guadalajara, recibió el premio Su Peso en Miel en Peñalver y se acercó hasta la capital en alguna ocasión para atender las peticiones de Siglo Futuro. En una de estas conferencias, en los salones del hotel AC, recuerdo la cara de embeleso general ante su alocución centelleante. Estaba reciente la invasión de Irak y azotó con dureza a los neocons de EEUU y a los aprendices de neocon españoles a propósito de su ensayo Los mongoles en Bagdad.

Sabio, tenaz, concienzudo, brillante, sagaz, admirablemente arrollador en su locuacidad y en la pasión que transmitía a la hora de explicar sus conocimientos y sus opiniones. Sampedro irradiaba vitalidad, pese a la vejez. Escribió un novelón (Octubre, octubre) y otros libros notables y densos como La sonrisa etrusca o El amante lesbiano. Junto a su viuda, selló un ensayo delicioso titulado Escribir es vivir, un lema que podría describir parte de su vida. Antonio del Real estropeó el relato que el autor barcelonés había trazado en El río que nos lleva y firmó una de las peores adaptaciones al cine de los últimos decenios en España. Fue una pena que no desmerece la narración que inmortalizó a los gancheros de Peñalén, Zaorejas y alrededores.

Anson escribe que “en la República de las Letras, Sampedro representa, antes que nada, la honradez intelectual. Se podrá coincidir con él. Se podrá discrepar de él. No conozco a nadie que, desde la seriedad, le niegue la independencia para subrayar la verdad allí donde la descubre, la transparencia del pensamiento sagaz, la honradez intelectual”. Sus ensayos fueron luminosos en un tiempo plagado de oscuridad. Apadrinó al 15-M y a los indignados de la Puerta del Sol. No fue un activista,  ni un revolucionario. Huía del tópico. Rechazaba las etiquetas. Su credo era la libertad de pensamiento.

Desde que comenzó su carrera profesional hasta su marcha definitiva, Sampedro sobresalió siempre como un economista heterodoxo. Ya en los años sesenta propugnaba enfoques que ponían la mirada en las desigualdades y en el insultante reparto de la riqueza que abona la historia contemporánea mundial. “No estoy contra la economía de mercado, sino contra la sociedad de mercado, es decir, contra una sociedad en la que se pretende que las decisiones económicas determinen todo lo demás, que a lo que no cotiza en el mercado no le atribuye ningún valor” (entrevista concedida a Expansión en 2002). Se rebeló contra los excesos de la economía de mercado, la barbarie, la orgía financiera y la tiranía de una política basada en amplificar las desigualdades sociales. No se resignaba. En el prólogo del libro ¡Indignaos! de Hessel sostenía: “Actualmente en Europa y fuera de ella, los financieros, culpables indiscutibles de la crisis, han salvado ya el bache y prosiguen su vida como siempre sin grandes pérdidas. En cambio, sus víctimas no han recuperado el trabajo ni su nivel de ingresos”.

Fue un intelectual todoterreno, una mente portentosa, un ciclón versado. Su ausencia se hará más pronunciada en un tiempo en el que, precisamente, la cordura cotiza a la baja.