Gastronomía trillana: Las tortas del Día del Señor

trillo_tortasfitur2014_230114Antes, el Día del Señor o del Corpus Christi era fiesta de guardar en Trillo. Se celebraba el jueves posterior a la solemnidad de la Santísima Trinidad, que a su vez tiene lugar el domingo siguiente a Pentecostés, o lo que es lo mismo, 60 días después del Domingo de Resurrección. En Trillo, la fiesta se extendía al viernes. Había música los dos días en el viejo frontón del pueblo. “Primeramente un gaitero, que venía de Ruguilla, y después otros conjuntos”, dice Petra Sanz, una las cocineras que nos ha contado esta receta.

El dulce de la onomástica eran estas tortas. La costumbre era amasarlas en casa unos días antes, según la vez que concedía la hornera del pueblo. María Pérez, cuñada de Petra y nuestra segunda protagonista de esta receta, recuerda que las hacían con aceite de oliva, azúcar, huevos, levadura casera y harina. Si era poca la molienda, las tortas quedaban más listas. Si era mucha, más tontas. Los trillanos trituraban el trigo en el molino del Tío Juanito, o también en la vieja fábrica.

La costumbre era que las mujeres mezclaran bien los ingredientes hasta darles la consistencia deseada por el gusto de cada familia. La masa se dejaba reposar en su masera, una artesa de madera sobre la que se hacía el trabajo, y se envolvía o tapaba, según cada caso, porque la masera también podía ser sólo una especie de sábana, con una mantita limpia. Se usaba únicamente para velar por el reposo del pan o de las tortas.

A la hora convenida, la responsable de cada hogar, pues solían ir las mujeres, le daba la forma al dulce en el horno con su propio estilo. “Nosotros le poníamos un moñete en lo alto”, dice María, aunque lo habitual era una cruz. En su casa ella era siempre la que se encargaba del horno desde bien pequeña, también para el pan. Su hermana mayor tenía un problema de salud que le impedía desempeñar tareas domésticas. “Mi padre era el único que se levantaba antes que yo para hacerme lumbre”, recuerda  todavía agradecida. De acuerdo con el orden de la señora Martina, el antiguo horno de leña de Trillo, que estaba en la calle de San Blas, iba elevando la moral de las masas para que al final de la mañana las recogieran los interesados.

“Eran del tamaño de un roscón de reyes de los que hay ahora, pero macizas, y sin relleno ninguno”, especifica riendo Petra.  Se degustaban ese día y los días que aguantaran como postre. “Los chicos se las comían con una copilla de aguardiente”, termina María, a quien la escena le trajo a la memoria las veces que se las vio comer a su hermano mayor, muerto en la Guerra Civil.