Juego de liberales

impuestos

Los impuestos no son buenos ni malos. Son necesarios. Cuando un político de corte liberal defiende bajar impuestos como garantía para reanimar la economía está obligado a defender también la reducción del déficit público. Y no existe tal reducción sin podar el gasto público. Por tanto, cuando un político se muestra partidario de una bajada drástica de la presión fiscal tendría que contar a los ciudadanos también cuantos hospitales está dispuesto a cerrar o en qué clase de nivel subterráneo piensa dejar la licitación de obra pública en el presupuesto. En caso contrario, estaría engañando al personal con un discurso bonito y populista, pero también fariseo.

Viene a cuento esta reflexión después del debate desatado, según la prensa, en el seno del Gobierno y del PP entre los partidarios de bajar ya los impuestos y los que aceptan mantenerlos en el nivel actual, al menos, mientras Alemania no levante el pie del austericidio. Esta discusión ha sido convenientemente sacudida por Esperanza Aguirre, sus mariachis y, esta semana, también por el expresidente Aznar.

Alberto Recarte, un economista ultraliberal que fue asesor de Adolfo Suárez, ha escrito este viernes un artículo brillante en ABC. Su opinión es que tanto Aguirre como Aznar “disfrazan sus propuestas económicas de liberalismo, cuando lo que proponen es la misma política de Krugman y los socialistas europeos, que defienden el aumento del déficit público como forma de salir de la crisis”. No es para tanto, porque los socialistas defienden estímulos en la economía y una política de crecimiento compatible con la reducción progresiva (no temeraria) del déficit. En todo caso, sí es cierto que la doctrina liberal no resulta creíble si a una hipotética rebaja fiscal no se le acompaña una drástica reducción del gasto público. O lo que es lo mismo, seguir puliéndose el Estado del Bienestar.

Aunque Bruselas relaje sus objetivos para este año, España mantiene como telón de fondo la exigencia alemana de situar el déficit al 3%. Eso, en un país con 6,2 millones de parados, el consumo por los suelos y una economía sumergida que alcanza el 20% del PIB, resulta una utopía. En España, recuerda Recarte, menos de 15 millones de ocupados en el sector privado sostienen, junto al colchón de las familias y los impuestos de las empresas, a 4 millones de desempleados que reciben prestaciones y a más de 8 millones de pensionistas. El economista mete también en este saco de beneficiarios a los 2,5 millones de funcionarios, como si éstos no pagaran impuestos. Sin embargo, puntualiza que, desde 1975 hasta 2008, más de dos terceras partes de los empleos creados (cerca de 7 millones), procedían del sector público y de la construcción. Ahora todo eso está por los suelos. Y, lo que es peor, no existe alternativa porque el propio Gobierno se está encargando de abandonar la educación y la ciencia, lo que tapona cualquier posibilidad de modificar la estructura productiva de nuestra economía.

La política económica del Gobierno consiste en mantener o subir los impuestos (Rajoy, superando a Zapatero, ha incrementado casi todos los márgenes tributarios), reducir el gasto y el déficit público y ralentizar el aumento de la deuda pública. Desde 2000 hasta 2008, con gobiernos del PP y del PSOE, se vivió una situación excepcional que posibilitó aumentar la recaudación aun bajando el IRPF gracias los ingresos generados por el boom de la construcción y la facilidad en el acceso al crédito. Acabado este espejismo, la receta de la austeridad no funciona. Ni para salir del atolladero ni para crear empleo. El economista José Carlos Díez, autor de Hay vida después de la crisis (Plaza & Janés), argumenta que sin el alza de impuestos en 2012 “la recaudación habría caído un 0,5% el PIB y, para no ampliar el déficit, Rajoy le habría metido otro tajo al estado del bienestar, que es la única obsesión de los neocon”. La subida del IVA aumentó la recaudación en otros 5.000 millones a pesar de que las ventas minoristas y el consumo se han desplomado un 10% en el último año.

Los liberales de verdad, los fetén, los que priorizan el mercado sobre todas las cosas, abrazarían una rebaja de impuestas siempre que viniera acompañada de un hachazo brutal al gasto social en pensiones, desempleo y funcionarios. Es lo que reclama la troika y lo que está rumiando la Moncloa. Es el discurso ortodoxo del liberalismo. Bajar impuestos sin meter la tijera a discreción en los servicios públicos, defienden estos economistas, equivaldría a disparar el déficit. Los liberales de pastel, en cambio, solo muestran la cara amable de esta teoría.

La realidad es que ni una política ni otra, que en el fondo es la misma pero con dos velocidades, no resuelve los problemas de la gente. Los recortes no generan empleo ni reactivan la economía. La consolidación fiscal está dirigida a sanear las cuentas públicas, pero a veces ni eso se logra. En un texto excelente que recomiendo por su sencillez y claridad, Javier García Breva puntualiza que, pese a los variopintos tijeretazos, la deuda pública en España creció 15 puntos en 2012, el gasto público está 6 puntos por debajo de la media de la UE y los ingresos públicos son 10 puntos inferiores. Conclusión: el fraude fiscal no se toca, la gente cada vez más empobrecida, los servicios públicos enfilan la esclerosis y, pese a todo, el Gobierno sigue lastrado por la insolvencia y la falta de confianza.

Europa se ha convertido en un mercado con países acreedores y deudores. España está entre los segundos, y eso significa que el margen de maniobra es mínimo porque la recesión está siendo más dura y prolongada de lo previsto. No se entiende, pues, cómo los mismos que priorizan el pago de la deuda no tienen reparos en juguetear con los tributos. Plantear un escenario de rebaja tributaria como si fuera el bálsamo de Fierabrás sin impulsar el crecimiento y sin salvaguardar los derechos sociales es una barrabasada. Hacer creer que esto es posible, una estafa.

Sería bueno que el partido en el gobierno se dejara de falsos debates y se pusiera manos a la obra en aquello de lo que presumía. En mayo de 2010, cuando Zapatero pasó apuros para convalidar su primer ajuste y con España en vísperas de ser intervenida, Montoro llegó a soltar: “que caiga España, que ya la levantaremos nosotros”. Pues hala, señor ministro. A levantarla. Y dejen de enredar con los impuestos.