La belleza del abandono

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La Vereda (Guadalajara), pueblo abandonado en la Sierra de Ayllón. Foto: Raúl Conde

Hace pocos días leí un artículo en la revista Viajar titulado exactamente igual que estas líneas. La belleza del abandono a la que el texto hacía referencia era la de aquellos rincones en los que, pese a estar dejados de la mano de Dios, aún es posible lamentar y disfrutar la soledad simultáneamente. Párense a pensarlo durante un instante. No es una contradicción, sino una paradoja que en esta tierra se resume en la recua inacabable de aldeas, enclaves y monumentos en vías de extinción. Lugares abandonados o deshabitados. Rincones en los que el espectáculo de sus ruinas tomadas por la maleza está al alcance de todos, tal como advierte Julio Llamazares. Incluso ahí es posible hallar la belleza, y eso es algo que ha permitido digerir con relativa normalidad la desertización progresiva del medio rural desde la década de los sesenta.

Sostiene Llamazares –uno de los pocos escritores que le han hincado el diente al fenómeno de la despoblación- que la modernidad y el progreso se han confundido en España con el desprecio de lo rural y lo menos rico. Es una verdad palmaria. El País llevó a su portada el lunes pasado este asunto con un enfoque centrado en el interés de los extranjeros a la hora de comprar aldeas. Sí, aldeas. Unos compramos pimientos en el mercado y otros compran pueblos. Una población totalmente abandonada es algo raro de ver en el resto de Europa. En cambio, en España alrededor de 3.000 núcleos están deshabitados y decenas de comarcas del Pirineo, de la cornisa cantábrica, de Galicia y de las dos mesetas registran una densidad de población inferior a la del Sáhara o la de algunas regiones de los Urales. Son desiertos demográficos con dos habitantes por kilómetro cuadrado. Guadalajara es un icono de este fracaso: el 90% de los 288 términos municipales de la provincia tiene menos de 1.000 habitantes.

Existe un tropel de argumentos para explicar por qué se ha llegado a este desastre social y económico. La mala planificación durante el desarrollismo franquista, el empeño por fijar la población en las grandes áreas urbanas y mediterráneas, la falta de altura de miras en los cargos políticos de las regiones afectadas y una resignación congénita en los labriegos de tierra adentro. Existen también muchas razones para acariciar el optimismo, siquiera someramente: el proyecto de Serranía Celtibérica, el empuje de ayuntamientos y asociaciones modestas, el mantenimiento de las ayudas europeas o la escapada europea de las patronales de Soria, Cuenca y Teruel en un insólito movimiento que a la CEOE alcarreña, como ya advertimos en este digital, le ha pillado a Belén pastores.

Todo eso es cierto y ahí permanece para recordarnos la imperfección de nuestro mapa nacional. Sin embargo, aún quedan salidas para la hermosura en medio de tanta aflicción. Queda un refugio: apreciar la ruina como una manera de inmunizarse frente a la barbarie.

No abrir los ojos contribuye a hundir lo que hace ya tiempo enfiló un camino de derrumbe. En las ruinas hay encanto, lo mismo que en la guerra también hubo una lista de Schindler o un cigarrillo compartido en la línea del frente. Lejos de la frivolidad, esta propuesta es casi una vía de escape para no condenar al olvido a aquellos villorrios que ya fueron condenados al destierro.

Abel Hernández escribe que la civilización rural se acaba y “es preciso recoger los despojos para que dispongan de ellos las futuras generaciones” (El canto del cuco, Gadir, 2014). Eso pasa inevitablemente por observar lo que todavía pervive. La soledad del páramo. El silencio de la montaña. El frescor de los ribazos. El horno de leña humeante. La hosquedad de la cellisca. El abrigo de la lumbre. Los surcos rojizos en el rostro de quien fue pastor. El luto de un velatorio comunal. La techumbre de una taina derrengada. Las puertas con aldaba. El lomo adobado de matanza. La borbolla de un puchero, antes sobre la trébede, ahora en la vitro. La nieve en el carámbano de los aleros. Las reses que pelean con el frío del invierno.

Hay quien siente añoranza de aquel tiempo en el que, según el relato noventayochista, la felicidad consistía en disponer de pan, leña y una despensa rebosante. Es difícil creer que la dureza de entonces pudiera derivar en una felicidad mayor que la de quienes hoy viven en el campo. Esto no debería ser un impedimento para admitir que el progreso ha sido caprichoso, por no decir maquiavélico: la modernidad ha llegado a los pueblos cuando ya no quedan pobladores.

Quedan, eso sí, rescoldos. Se reforman las casas, se rehacen los caminos, se renuevan las canalizaciones del agua, se asfaltan las calles y se montan centros de interpretación que luego acaban cerrados al cabo de cuatro días. Esa mezcla de atonía, fatalismo y esperanza determina el universo poliédrico de los pueblos pequeños, a los que siempre merece la pena volver.

Delante de la fuente de Villacadima, en los alrededores de Villaescusa de Palositos, a la vera de alguna casona de Querencia o de Tobes. Quizá la armonía resulta mucho más accesible en estos recovecos que allí donde nos empeñamos en buscarla. La despoblación es triste y cruel, pero es en estos lugares en los que alcanzamos una sensación imperdible de paz y de equilibrio. Sin una gota de melancolía. Sin aquella fruslería cursi que a veces cuelga de la lírica rural. Porque no se trata tanto de zambullirse en una nostalgia huera, como de encontrar la belleza en lo ajado, en lo roto, en todo aquello zaherido por el pasado. Decía Flaubert que son pocos los que saben contemplar la verdad de frente. La mayoría lo hace de soslayo. Dejémonos, pues, de circular por el mundo de perfil. Contemplemos la verdad de los pueblos, que es tanto como decir su belleza.