La Sierra, lo serrano y los serranos

Niños y niñas de los colegios de Valdepeñas de la Sierra (Guadalajara). Foto de Tomás Camarillo. 1934.
Niños y niñas de los colegios de Valdepeñas de la Sierra (Guadalajara). Foto de Tomás Camarillo. 1934.

[Mañana sábado se celebra en Campillo de Ranas el IX Día de la Sierra, organizado por la Asociación Serranía. Una cita que va camino de consolidarse como la fiesta grande de una de las comarcas más singulares de Guadalajara. A propósito, copio a continuación unas líneas que escribí en Galve, en marzo de 2011. Fue un encargo para un libro que entonces preparaba la Junta y que nunca llegó a publicarse. Recupero el texto porque me parece un momento idóneo para reivindicar la identidad serrana, que haberla, ‘hayla’.]

Sucedió en 1905, con ocasión de una visita del rey Alfonso XIII a la ciudad de Guadalajara al poco de ser declarado mayor de edad. Tras el banquete en la Academia de Ingenieros, por la tarde tuvo lugar una recepción en el salón de actos de la Diputación Provincial. Sentado en su trono, el monarca saludó, uno a uno, a los representantes de los más de cuatrocientos ayuntamientos de la provincia. El ujier de servicio fue llamando a los alcaldes hasta que anunció con voz potente: “¡Ayuntamiento de Majaelrayo!”. Entonces ocurrió lo que así relata Layna Serrano:

“Unidos y vacilantes avanzaron cuatro hombres altos, enjutos, muy morenos, de pelaje negro y crespo y al frente del grupo el alcalde portador de bastón borlado. Al llegar frente al sillón del trono, nuestro hombre vaciló un momento, pues quizá le parecía pequeña pleitesía a la majestad reinante hacer una simple reverencia, hincó la rodilla en tierra, dejó en el suelo la vara con lenta y digna parsimonia y, sin alzar apenas la vista se persignó devotamente, ante la risa incontenible del cónclave, risa trocada de entusiasta ovación cuando el joven monarca, al advertir la confusión del pobre alcalde, se alzó de su silla y adelantándose unos pasos le dijo con acepto cariñoso: ¡Dios guarde a mis buenos súbditos de Majaelrayo!”.

La anécdota que rescató Layna sintetiza bien el carácter sencillo, bonachón y noble de los habitantes de la Sierra de Guadalajara. El serrano se asemeja al perfil que dibujó Delibes en Castilla, lo castellano y los castellanos. Austero, pudoroso, recio, lacónico, seco, compasivo, modoso, individualista, sumiso, contemplativo, religioso, parco, intuitivo, amante del campo. Gente discreta capaz de soportar la adversidad con el mismo temple con el que afronta esos inviernos del demonio o una tormenta de verano.

Es difícil trazar el daguerrotipo genérico de toda una población que Caro Baroja tildó de “celtíbera y pastoril”. Pero sí es posible coincidir en la importancia del paisaje y la atmósfera en la personalidad que han ido labrando los serranos. No se entiende su forma de ser sin patear antes el terruño. Porque el entorno, además de moldear una silueta física, también interviene en nuestra manera de relacionarnos con los demás.

El paisaje montañoso y el clima hostil han hecho de los serranos unos tipos de tierra adentro. No son cerrados. Tampoco indolentes, como a veces pudiera pensarse. Pero sí exhiben un punto de desconfianza hacia los cambios por aquello de vivir en un rincón lastrado por el olvido. La ausencia de infraestructuras, el abandono secular del medio agrario y la escualidez del censo de pobladores. Todo eso ha sembrado de escepticismo y de resignación a una sociedad entera.

Hace treinta o cuarenta años, llamar serrano a alguien en Guadalajara capital no significaba precisamente un piropo. Era sinónimo de pobreza, lo cual tampoco es novedad. Estrabón calificó la meseta norte como “país frío, áspero y pobre”. Y Ortega y Gasset, cuando en 1913 recorrió las tierras de Sigüenza y Berlanga, escribió sobre calles miserables y trigales famélicos: “¡Esta pobre tierra de Guadalajara y Soria, esta meseta superior de Castilla!… ¿Habrá algo más pobre en todo el mundo?”.

El paisaje, claro, ha cambiado mucho. La gente, también. Los pueblos de nuestra serranía carecen de la alegría de antaño, las escuelas se han quedado casi vacías y los mozos no rondan a las mozas en las fiestas de la Virgen. A cambio, el atraso ha sido laminado. Igual que la miseria y esa especie de fatalismo que parecía haber calado hasta los huesos del primer al último serrano.

Partimos de la base de que hace dos o tres décadas muchos de los pueblos de esta comarca no tenían carretera de acceso, ni abastecimiento de agua, ni alumbrado público. De esa ignominia se ha pasado al Internet intermitente, los helipuertos y esa bicoca a la que llaman turismo rural. Los lugareños ya no visten con fajas, chalecos ni abarcas. Las trébedes de las viejas cocinas han dado paso a modernas vitros. No hay niñas acarreando las mulas. Tampoco hay telares, ni aperos de labor, ni cencerros, ni casi pastores con su hato al hombro. Los abuelos siguen yendo a misa los domingos, pero no hacen calceta en los portones que asomaban en las fotos de Camarillo. A nuestros pueblos ha llegado sabia nueva en forma de inmigrantes, pero ya no quedan personajes como Hemenegildo Alonso, El Mere de Arbancón, caratulero de las botargas; ni El Solfa, un confitero de La Bodera a quien los niños sisaban las garrapiñadas que traía para las fiestas de guardar. Por algo ya dijo Luis Cernuda que hay destinos humanos ligados con un lugar o con un paisaje.

Ahora surgen luces y sombras por igual, pero da la impresión de que, por primera vez en su historia, la Sierra otea oportunidades: los parques naturales, el empuje de los emprendedores (emprendedores de verdad) turísticos… Lo hace, eso sí, con incertidumbre y con muchas dudas en el zurrón.

Las gentes de este esquinazo de la provincia están hechas al desdén, aunque eso no signifique que no lo castiguen. Todavía convive la visión de quien se conforma con lo que hay, porque así debe ser y punto, y los que aspiran a cambiar las cosas. Son estos últimos los que tiran del carro surcando los huertos, tratando con el ganado, manteniendo pequeños comercios, abriendo hostales, montando restaurantes o construyendo viviendas, ya sea con piedra tallada o con lajas de pizarra. Mi amigo Octavio Mínguez, Tavi, vecino de Majaelrayo, dice siempre que lo más importante es que la comarca tenga autoestima. No para mirarse en el espejo, sino para valorar lo que tenemos alrededor: un paisaje espectacular, una población escasa pero tenaz y laboriosa y una herencia cultural de valor incalculable.

Las dificultades, es verdad, persisten. Por eso conviene escuchar siempre la voz de los serranos. Sus quejas. Sus necesidades. El consenso apunta a un déficit de carreteras y de servicios públicos. La cara amable del progreso de los últimos años es la doble capacidad de los serranos para aguantar el tipo, a pesar de los obstáculos, y mantener algunas de las esencias que siempre han caracterizado a esta tierra. Esencias que siguen haciendo posible hablar de un perfil propio: la sensibilidad de Valverde hacia su arquitectura y el Corpus; el patrimonio de Atienza; la pujanza de Tamajón; la querencia de Hiendelaencina por su pasado minero; el grito de igualdad y libertad de Campillo de Ranas; la feria del ganado de Cantalojas; el oxígeno en los pinares de Condemios; las piedras doradas en Gascueña o Prádena; el agua del Sorbe, el Bornova o el Cañamares; el respeto a la tradición alfarera en Zarzuela de Jadraque; el empeño de los danzantes de Galve y Majaelrayo o la lucha de El Cardoso por resistir hasta el último embate. Incluso los pueblos que un mal día perdieron su condición, como Umbralejo o Villacadima, conservan resabios de antaño.

Hay quien sostiene que el carácter del serrano es diferente si uno se planta en el Valle del Ocejón, en el Alto Rey o en la Sierra de Pela. Lo cierto es que por todas partes brotan el sentido común y una manera coherente de vivir en armonía con el entorno. En las páginas de El Camino, Delibes escribe: “Las calles, la plaza y los edificios no hacían un pueblo, ni tan siquiera le daban fisonomía. A un pueblo lo hacían sus hombres y su historia. Y Daniel, el Mochuelo, sabía que por aquellas calles cubiertas de pastosas boñigas y por las casas que las flanqueaban, pasaron hombres honorables, que hoy eran sombras, pero que dieron al pueblo y al valle un sentido, unas costumbres, un ritmo, un modo propio y peculiar de vivir”.

El serrano es como el castellano viejo. Vive en perpetua zozobra. Receloso. Rutinario. Instalado en la quejumbre. Cargado de filosofía socarrona. Dispuesto siempre a bregar por su tierra mientras aventa una esperanza frágil, pero incólume.

Raúl Conde
Periodista. El Espanyol es mi tormento y los Ribera del Duero, mi debilidad. «Cultura, justicia, libertad» (Azaña).