Los Sánchez de la política

Para entender la corrupción en España hay que leer a Rafael Chirbes. El escritor valenciano ha publicado dos libros que son una antología de los disparates cometidos en los años de vino y rosas. Crematorio (2007) y En la orilla, que acaba de salir, retratan con pericia la perversa mezcla de urbanismo, políticos sin moral y lóbregos empresarios. “Detrás de esta falsa modernidad que hemos vivido, hay un pozo y hay un pantano que siguen estando ahí. Cada vez están más podridos”, confesaba recientemente en una entrevista en El Cultural.

Del fango de la política se libran pocos pueblos. Quizá ninguno. El estiércol es ya el asidero habitual de los políticos, aunque juzgar a todos por el mismo rasero sería desproporcionado. Su primera victoria, y aquí sí puede generalizarse, es la porfía en marcar los tiempos a toda la sociedad. Da igual que la prensa acredite una indecencia. Da igual que un instructor señale indicios de delito. Da igual que aparezcan pruebas empíricas de que algo se ha hecho mal. Hasta que un juez no dicta sentencia, el político no mueve el culo.

Durante los últimos meses, a raíz de la putrefacción creciente en la vida pública española, los partidos se esfuerzan en advertir que estar imputado no es lo mismo que ser condenado. En rigor, es cierto. Pero la pregunta es: ¿Y la ética? ¿Dónde quedan la ética y la ejemplaridad?

En Guadalajara, el caso más singular es el de Juan Pablo Sánchez Sánchez-Seco, será por redundancias. Exsenador, expresidente de la Caja Provincial, exdiputado provincial y exalcalde de Pastrana, Rajoy le nombró subdelegado del Gobierno en la provincia después de ganar las elecciones, cuando ya estaba imputado por un caso de corrupción cometido, supuestamente, durante su etapa al frente del Ayuntamiento de Pastrana. El actual subdelegado está acusado de un presunto delito de prevaricación urbanística. Según la denuncia, entre 2006 y 2007 permitió la construcción de varios adosados y dos viviendas en Pastrana en suelo no urbanizado a sabiendas de que cometía un acto ilegal. El dirigente declaró por estos hechos ante el Juzgado de Instrucción Número 1 de Guadalajara el 19 de septiembre de 2011.

Fuera de la responsabilidad judicial, que es algo que solo atañe al juez, este caso certifica (aún más) la falta de ética de los políticos españoles. Tan importante como destapar la corrupción es que los acusados actúen dando ejemplo. Sánchez-Seco es inocente mientras la justicia no diga lo contrario. Sin embargo, ¿una persona que está inmersa en un proceso judicial así es la adecuada para representar al Gobierno de la nación?

El 17º Congreso del PP, celebrado en febrero de 2012, introdujo en los estatutos de esta formación la obligatoriedad de abrir expedientes informativos a los afiliados que estén imputados. El programa electoral con el que Rajoy ganó los comicios sostenía que “la ejemplaridad y la transparencia deben presidir la actuación de quienes asumen responsabilidades públicas, en una doble dimensión, personal e institucional” (pág. 170). Y la propia Cospedal, en su conferencia del pasado lunes en hotel Ritz de Madrid, proclamó: “La crisis exige una enérgica respuesta de ejemplaridad. Si no la democracia naufragará entre protestas, demagogia, populismo”. ¿Esto vale para provincias o solo para la capital?

Es posible que el caso Sánchez-Seco sea desconocido para la mayoría de los ciudadanos. Los gestores políticos del momento, en la provincia y en la región, tienen suerte de las horas bajas que vive la empresa periodística. Eso les facilita permanecer ajenos a su imparable descrédito y, de paso, vivir de espaldas a la sociedad hasta el punto de que el propio Sánchez se permite el lujo de sacar la patita, y escribir: “los guadalajareños, castellano-manchegos y españoles no son tontos y saben perfectamente que aquellos que vocean, se ponen detrás de la pancarta e insultan, son los que nos llevaron a la peor situación económica y social de toda la historia democrática de España”. Arrea.

Volvamos a Chirbes:no me gusta nada este país y además, me da miedo. Por eso estoy en mi casa, solo, dueño de mis palabras y de mis silencios”.