Manu

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Durante la entrevista para el documental de homenaje. Brihuega, 2008.

Quiero arrancar este artículo confesando que no sé cómo arrancarlo. Llevo varios días digiriendo la noticia. Pensando hacia dentro, rodeado de amigos comunes, leyendo todo lo que se publica y llega a mis manos. Hace una semana nos dijo adiós Manu Leguineche, referente en España del periodismo ético y digno, y a mí me tocó dar la peor noticia que hasta ahora he firmado. Fue una reacción profesional, aunque dolorosa. Me despedí de él en el hospital y llegué a la redacción a media mañana. No hubo espacio para la sorpresa. Cualquier allegado a Manu sabía que su última hora estaba cerca. Que fuera previsible no mitiga un ápice la tristeza.

No abundaré en su trayectoria para no repetir todo lo que se ha escrito estos días. También porque me siento un privilegiado tras haber contado quién fue Manu Leguineche desde las páginas de un diario –El Mundo– que él ayudó a fundar y en el que su figura es venerada. Así que me centraré en lo personal, una parcela sobresaliente para calibrar las virtudes humanas que siempre le acompañaron.

Conocí a Manu en 2001. A los pocos días de publicar en Guadalajara Dos Mil una reseña de su último libro, Recordad Manhattan, le pidió a Pedro Aguilar que me llevara a Brihuega. Para mí era el no va más. Que el maestro me leyera y que además quisiera conocerme. Sentí una mezcla de vergüenza y respeto al entrar en su refugio. Una congoja que se hizo aún más grande cuando me dio las gracias por el artículo. Después nos fuimos a comer a Las Vegas, en Masegoso, y creo que solo acerté a balbucear cuatro palabras. Manu me animó a dedicarme a este oficio y me ofreció ayuda económica. Tanto la conversación como ese gesto revelaron la clase de persona que era. Afectuoso, cercano, generoso.

El siguiente almuerzo al que me invitó seguí taciturno. Su persona imponía. No sabía cómo meter baza en la charla, así que decidí cerrar la boca y escucharle hablar de lo que entonces estaba vigente. El 11-S, la invasión en Irak, las nucleares, el último patinazo político. Tan calladito debí de estar que Pepe García de la Torre preguntó: “¿este chico que habéis traído es mudo o qué le pasa?”. No era mudo, claro. Pero sí introvertido. No fue hasta pasada alguna merienda en el Tejar de la Mata y el primer viaje a Mojácar cuando mi timidez dio paso a una relación en la que Manu derrochó humanidad.

Pronto sentí admiración por la atmósfera que creaba a su alrededor. Periodistas de tronío e imberbes, políticos de toda condición, vecinos suyos. Esa era la mezcla habitual en los raticos que pasábamos en su casa y ese era el momento en que solía aconsejar: no corras, ten paciencia, lee los periódicos todos los días, estudia, invierte en ti mismo y no bebas agua de Vichy. Manu no daba lecciones. Deslizaba sugerencias entre líneas en las conversaciones de vino y rosas. Había que prestar atención para cazarlas al vuelo.

Después llegó el tiempo de Siglo XXI, una revista que nació con material para 500 números y se quedó en cuatro. Al día siguiente de emprender esta aventura, abrí el correo electrónico y tenía una lista de casi 200 temas posibles. Se había pasado toda la noche cavilando reportajes. Por la mañana le llamé por teléfono: “Joder, Manu, tenemos dinamita para hacer planillos hasta aburrir”. Organizar aquella revista, con él y con muchos otros maestros, fue un máster en edición, dirección y redacción.

Algo muy parecido a lo que, pasados unos años, volví a sentir aquellas tardes en las que revisamos las galeradas de El Club de los Faltos de Cariño, el segundo de sus libros dedicado a Guadalajara, tras La felicidad de la tierra. El método era sencillo: yo me encargaba de preparar la tarea antes de mediodía, luego comíamos en abundancia y, mientras él saboreaba un Cohiba, iba asintiendo, corrigiendo o añadiendo sugerencias a mis anotaciones. Era meticuloso hasta el punto de frisar el perfeccionismo. Quería comprobar todos los datos y todas las referencias históricas y literarias. Entre las virutas del habano se adivinaba su cara de niño mientras horneaba un nuevo libro. ¡Y eso que ya llevaba cuarenta!

Una de las experiencias más gratificantes a su vera fue la entrevista conjunta que nos hizo El País en verano de 2007. Se publicó en la última página, en una sección pasajera llamada “Consagrados y novatos”. El veterano Aznárez nos juntó en Brihuega, alrededor de una mesa en el jardín y una botella de vino. El decano de los corresponsales dejó claro su desencanto con el periodismo de guerra y con internet por las dosis de frialdad que ha inyectado a la profesión. “El periodismo obliga a sacrificios”, advirtió.

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Presentación de ‘La felicidad de la tierra’. Cañizar, 1999. | Álvaro Nuño

Manu se rodeó de amigos en la Alcarria con la misma naturalidad con la que lo hizo en el periodismo. “Haces muchos viajes, pero al final te das cuenta de que el mundo es muy parecido”, confesó en la entrevista incluida en un documental de homenaje en 2008. En Guadalajara se hizo querer, repartió favores y no escatimó esfuerzos en colaborar con todas las causas nobles que le proponían, de impulsar otras de cosecha propia y de expandir los nombres de Brihuega y la Alcarria hasta insertarlos en el corazón de su literatura. Quizá va siendo hora de que Brihuega le devuelva parte de ese empeño.

La casona en la que vivió Manu, rodeado de cientos de libros y de la gata Muki, es una estancia fría que solo caldeaban su humor inveterado y una humildad a prueba de ditirambos. El escritor, ya consagrado, achicaba los elogios y restaba importancia a su palmarés. La escultura del premio Ortega y Gasset siempre la vi colgada detrás de la puerta de entrada. En el mismo sitio en el que usted y yo tenemos la tapa del contador de la luz.

Manu era cariñoso, tierno y divertido en la distancia corta. Siempre tenía una palabra de aliento. Irradiaba un optimismo sin florituras. Ensalzaba los gestos de bondad y escondía las muecas de desaprobación. Era un tímido que a mí me impresionaba y me embelesaba a partes iguales. Y no por la diferencia de edad o por falta de afecto por su parte, sino por la estatura gigante que siempre representó su figura. Era algo de lo que nunca pude abstraerme, ni siquiera cuando la amistad había madurado.

Se ha construido una imagen del Manu glotón, radiante ante una fuente de chuletas, jugador de mus y bebedor de Rioja. Ojo. Todo eso era cierto, pero su capacidad de trabajo desbordaba. Leía todo, se documentaba exhaustivamente, recopilaba información a borbotones y recortaba artículos que luego apilaba en el suelo o en las estanterías. Escribía a cualquier hora. Utilizó poco internet y los ordenadores, pero era un mundo en el que al final entró. Nunca me pareció metódico, pero tampoco proclive a la improvisación. Era riguroso y concienzudo, tenía buena memoria y demostró una habilidad innata para seleccionar personal.

La enfermedad que ha sufrido durante los últimos años debilitó su salud, pero no su entereza. Nunca bajó la guardia del humor. Ni la silla de ruedas, ni la pérdida de visión, ni la devastación de su sistema nervioso. Nada de eso transformó la personalidad de Manu, apoyado en el cariño que le dispensaron personas como Gabriela o Jesús Rodrigo, el jardinero filósofo.

Sándor Márai dijo de él mismo que sus textos perseguían la búsqueda de la verdad como fuerza liberadora y como soporte ético imprescindible para sobrellevar el transcurso de una vida.

La personalidad atormentada del escritor húngaro casa poco con la alegría contagiosa de Manu, pero la cita viene como anillo al dedo para retratar la huella que deja el periodista vasco, el reportero audaz, el amigo perenne. Si este país fuera serio, las facultades de Periodismo tendrían una asignatura con el nombre de Manuel Leguineche Bollar y sus crónicas serían de lectura obligatoria para cualquier aspirante a estampar su firma en un periódico.

Me siento feliz por haberle conocido. Fue un privilegio compartir amistad y aprender a su lado durante una década larga. La deuda de gratitud será eterna. Adiós, maestro.