Recordando a Buero y a Pepe de Juan en sus centenarios

buero-01Cuando se cumplen los cien años del nacimiento de Antonio Buero Vallejo, académico, dramaturgo, escritor, Premio Cervantes y sobre todo guadalajareño, quiero recordar la estrecha relación que Buero y mi padre, Pepe de Juan, mantuvieron a lo largo de los años.

Los dos nacieron en esta pequeña ciudad provinciana que es Guadalajara, los dos, desde pequeños, estudiaron en el Instituto de Guadalajara que por aquellos años, en el primer tercio del siglo pasado, se encontraba en el viejo palacio de don Antonio de Mendoza, en lo que fue el convento de La Piedad y en el espacio en el que hoy se asienta el Liceo Caracense.
Buero y Pepe de Juan correteaban por los mismos espacios y también sentían las mismas inquietudes, ya que durante muchos años compartieron pupitres y profesores: Don Claudio Pizarro, Don Pedro Serrano, doña Natalia Poblete y un largo etc.
Buero se inclinaba por la pintura, por el dibujo, quería ser más pintor que escribidor. Pepe de Juan al contrario se inclinaba más por la literatura, por plasmar en blanco sobre negro sus inquietudes. Juntos participaron en la primavera del año 1933 en un certamen literario organizado por la Federación Alcarreña de Estudiantes. Juntos se presentaron a ese premio y el ganador fue el titulado “El único hombre” y el segundo el titulado “Y soñé”. Una vez abiertas las plicas, el ganador resultó ser Antonio Buero Vallejo y el segundo José de Juan y el tercero Miguel Alonso Calvo (Ramón de Garciasol).
Buero y Pepe de Juan siguieron, a pesar de los años y de una guerra de por medio, siendo amigos. No se veían con gran frecuencia, pero sabían el uno del otro.
Tengo oído por mi madre que las pocas ocasiones que Buero volvía a Guadalajara en los años 50, 60 y a primeros de los 70, siempre iba a ver a mi padre a la redacción de Nueva Alcarria y posteriormente comían juntos o bien Buero iba a casa a comer en alguna ocasión.
Años después de la muerte de mi padre, y ahí fui yo testigo, Buero volvió a Guadalajara a un acto organizado por Nueva Alcarria, aún recuerdo el amor y el cariño que nuestro escritor trató a mi madre, no quiso en toda la noche separase de ella, como sabiendo que a su lado no sólo estaba Amparo Aguado, sino también Pepe de Juan, su amigo.
Hace más de treinta años, la Diputación Provincial de Guadalajara publicó un libro recopilatorio con los escritos de Pepe de Juan que lo tituló “Y soñé” y el prólogo fue escrito, con una belleza y una sensibilidad insuperable, por Buero Vallejo.

El 6 de junio de 1968, la Casa de Guadalajara en Madrid, nombró socio de honor a Antonio Buero Vallejo, el ofrecimiento de este homenaje lo hizo Pepe de Juan, y estas son sus palabras y las imágenes de aquel día:

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buero-03Homenaje a Buero Vallejo
Querido Antonio.., queridos amigos y paisanos:….
Nos hemos reunido esta noche en torno a la figura de un alcarreño ilustre; ANTONIO BUERO VALLEJO, nacido y recriado a la sombra de esa ciudad vieja, provinciana y presumida que se llama Guadalajara.
El centro provincial que nos acoge en Madrid, ha decidido hacerle entrega del título de “Socio de Honor” de la entidad, y con tal motivo tributarle un merecido homenaje, en el que va implícito en reconocimiento de sus valores intelectuales.
Ni él, como homenajeado, ni yo como invitado a tomar parte en el homenaje, podemos preveer su nivel afectivo. Pero Antonio Buero sabe desde este momento, que millares de alcarreños están orgullosos del paisanaje y unidos a él por los entrañables vínculos de la tierra común que nos ha visto nacer…
En cuanto a mí, de antemano puedo deciros, que por mi condición de viejo amigo, y por el de director del órgano informativo de la provincia, no podía, ni debía negar mi voz y mi presencia en este acto.
Lo que sí es un hecho afortunado, que salta a la vista de cualquier observador, es que esta reunión tiene un delicioss color local, toda la cordialidad de las cosas sencillas, hueras de presunción y de solemnidad; el aspecto, me atrevo a calificar, de homenaje para andar por casa.
Creo que esto es importante para todos; para los que rinden su admiración y para el que la recibe, sin encontrarse incómodo en el sillón. Muchas veces se ha dicho, que los hombres de esta Celtiberia nuestra, un tanto agraria, seca y parca de ademanes, son “paletos”, a los que por su soberbia histórica les ha sido negada la divina gracia del asombro y de la admiración; hombres que jamás, como los niños, pusieron la boca en O; hombres que a fuerza de no hablar, pudorosos de silencios, han cerrado toda ventana al exterior.

buero-02Y esto que parece cierto, en un sentido estrictamente material, pues he visto a hombres que de manejar el arado romano en la llanada de Albalate han pasado a trabajar en la central nuclear de Zorita, sin decir esta boca es mía, sin oste ni moste a los dios mil años de pensamiento transcurridos, no es verdad en lo que se refiere a su capacidad afectiva y al reconocimiento de valores en los demás. Pregonamos poco, tan poco como el afilador de nuestros pueblos, que con soplar el pito, ya ha dicho todo lo que tenía que decir sobre sí mismo; no somos gesteros para con aquellos que admiramos sinceramente, pero cuando destapamos ha de ser sin teatros, a caño libre, con la mínima solemnidad.
A los españoles nos hacen falta más homenajes de andar por casa, y menos foros y sesiones académicas donde todos quieren llevarse una parte del manto; memos cohetes y menos discursos… Todo homenaje hogareño, como este que hoy tributamos a Buero Vallejo, supone un reencuentro de la familia en la mejor sala de la casa, al cabo de un tiempo en el que parecía que cada miembro ignoraba a los demás…
Antonio Buero Vallejo, el autor dramático español más traído y llevado en su país y fuera de él, discutido, ensalzado, trabajador, inmerso en un noble y ambicioso quehacer que por fuerza desarraiga de cosas tan primigenias y elementales como la tierra, se encuentra hoy, cara a cara, casi sin saber cómo, con esa misma tierra que le vio nacer hace cincuenta años.
Y nosotros, los hombres desperdigados de la provincia, los amigos de cuando éramos chicos, los admiradores silenciosos y parcos, nos damos de bruces con Antonio Buero en este escenario desnudo de bambollas; un Antonio Buero sin saludos al final de la representación; un Antonio Buero alcarreño, humano y cordial, rodeado de hombres de Pastrana, de Cifuentes, de Sacedón, de la presuntuosa capital del “corto”, o de la serranía de Molina. Un Antonio Buero, en definitiva, al que ya era hora de decirle un poco a la pata llana: ¡Aquí estamos, paisano¡.
La tierra y su hombre; el creador y lo permanente, la inquietud y la quietud, se encuentran después de largo tiempo sin verse y sin tratarse como si ambos entes hubieran sido parientes lejanos. Y todo, porque los dos, la tierra y él, son poco dados a florilegios y ternezas….
Alguien, entre tanto, y mal intencionado, se lamenta de que en la obra dramática de Buero, no hay trasfondo o una sola alusión a la provincia donde afloró su vida. ¡Naturalmente!, aparte razones sentimentales, dignas de respeto, el intelectual puro, y nuestro paisano lo es por sus cuatro costados. Sabe que la tierra no condiciona nada, o casi nada, las creaciones del espíritu.
Además en la universalidad del Teatro con mayúsculas, no fuerzan ni las gaitas ni el tamboril. Todo en él, tiene, o debe tener, resonancias de polifonía al margen de cualquier localismo. El problema del hombre, planteado a través del teatro, en el que la palabra y la acción lo son todo, tiene tal vitalismo que puede desenvolverse limpio de paisajes e influencias indígenas. Otelo, Segismundo o Macbeth, como Adela, el personaje central de Las cartas boca abajo o la vencida figura del padre, en el Tragaluz, son puras ideas, casi símbolos, sin trasunto alguno de tierra alguna. Y cuando el teatro huele excesivamente a cancelas y patios sevillanos, o a un Madrid mesocrático y anecdótico, corre el peligro de que el tiempo arremeta a con todos los folklorismos, comenzando con el de las ideas, que es el peor.
Alfredo Marquerie, al referirse a Historia de una escalera, dice. “La obra anuncia el nacimiento de un dramaturgo que va más allá del horizonte pobre de las bardas de las corralizas del teatro intrascendente, porque se inserta en preocupaciones de tipo humano y social, de ambición simbólica”.
En efecto, símbolos son, llenos de vida, esos trenes de vencedores que desde que el mundo es mundo, se cogieron al asalto, o se perdieron olímpicamente de un modo deliberado; universales, todas las palabras escritas en la arena de nuestra propia y cambiante alma, que trazamos y borramos automáticamente para defender una intimidad que corre peligro de ser mal interpretada; símbolo y mensaje, todos los Esquilaches que sueñan para sus pueblos, y todos los tesoros escondidos, y todos los invidentes que descubren otras luces y otros climas más amables, y las cochambrosas escaleras de vecindad por las que sube y baja un tumultuoso río de poesía y de ternura. De este difícil juego de ideas para todos los hombres, de abstracciones erectas e insobornables, enraizadas en lo humano y lo temporal, lógico es deducir que el teatro de Buero Vallejo, sea lo más anti localista que existe, lo menos, si me permitís, “guadalajarino”.
Bueno será aclarar, que pese a lo que dice el programa, o lo que vosotros esperéis, no he venido aquí a hacer un glosa, un estudio más o menos afortunado de la temática teatral de Buero Vallejo… Y no estudiaré su obra, porque estimo que en esta reunión casi familiar no se ha tratado por los organizadores, de agitar una veladita sabihonda y ateneísta en torno a su producción dramática; ni ése es el marco, ni yo estoy preparado para ello, ni esta sería la ocasión mas propicia. Queremos, eso sí, tensar al extremo una sesión afectiva a su persona, por mor del paisanaje y de la amistad, con lo cual pretendemos conjugar lo de arriba, lo de abajo y lo de en medio, en una santa paz.
Pues, si no me hallo en esta casa, para exponer su obra, que como todas las humanas tiene sus curvas de nivel, ni para ilustrar con “ilustres” a todo pasto una personalidad, hoy indiscutible, ¿Cuál ha de ser –me pregunto– mi misión?….
He de confesar lealmente, que la invitación de la Junta Directiva de la Casa de Guadalajara en Madrid, para que tomase parte activa en este acto, ha venido a llenar una personalísima necesidad. Concretamente, ha servido para que esté yo mental, afectivo e histórico, reencontrase al Antonio Buero Vallejo de unos años casi adolescentes, que a medias, en responsabilidad, habíamos extraviado los dos por esos caminos del mundo. Y al encontrarle, en un decantado y no blandengue recuerdo del tiempo ido, me he visto a mí mismo en un maravilloso espejo fáustico, lo que no es mal negocio por tan poco esfuerzo.
Creo sin jactancias, que si algún día fuese llamado para hacer un estudio sereno y desapasionado, de la personalidad de Buero Vallejo, podría aportar materiales muy serios a la obra.
Juntos, mejor dicho en la misma ocasión, ganamos hace treinta y cinco años, en mayo de 1933, nuestro primer premio literario; recuerdo que cien pesetas y los plácemes de unos inefables profesores de literatura. El original bozo sobre el labio superior, y unas extrañas inquietudes al llegar la primavera, nos traían de cabeza. Yo no he olvidado a don Pedro Serrano, a don Claudio Pizarro y a doña Natalia Poblete: el conspicuo, y entonces infalible jurado, que nos puso en órbita.
En aquella primavera, en la que todos los españoles comenzaban sentirse incómodos, Antonio y yo, autores de 17 años, viajábamos en la más cascabelera diligencia.
Pero aquel primer galardón literario, no es cotorreo por mi parte, había de cambiar el signo de la vida de nuestro homenajeado. Pues aquel muchacho introvertido, de manos largas y huesudas a los De ´Anuncio, de cabellos largos y rebeldes, lector empedernido (peligrosa cosa a su edad) de Dostoievski, de Shakespeare y de Victor Hugo, solitario las más de las veces, irónico y superdotado, parecía estar clamado por Dios para pintor.
Hasta hace pocos años, que fue renovado el material escolar del Instituto de Guadalajara, quedaba en bancos y pupitres, una presuntuosa legión de Athos, Portos y Aramis, con las capas aladas y los chambergos fanfarrones, pintados por aquel ágil lápiz de Toni Buero. Como diría cualquiera, “bordaba” los mosqueteros. ¿Será –nos preguntan– que todos los Richelius, comenzaban entonces a ponerle nervioso?
No es extraño –deducimos– que El Dialogo de las Meninas, refleje una plasticidad pictórica, y un cromatismo dramático que todavía no ha sido estudiado por nuestros asendereados críticos teatrales.
Finalizo diciendo, que tenemos los dos en común, años de convivencia, ni los peores ni los mejores de nuestra vida. Somos como aquellos GiurkoWich, que tanto nos placían, pero con la diferencia de que ellos no tuvieron que someterse a la servidumbre de un encuentro, porque nada, ni el tiempo, ni esas cosas de la vida de los hombres, les habían separado.
En este homenaje de andar por casa, lo trascendente es, que Buero Vallejo ha encontrado el campito, con corralizas y todo, de una provincia española; que las bardas que limitan predios sentimentales, se han topado, casi bruscamente con uno de sus hijos más preclaros, y que yo, personaje central de mi propio drama, he dado al margen de saludos en los teatros, con una parte de mi vida, ni envidiosa ni envidiada: ANTONIO BUERO VALLEJO.