Sierra de Guadalajara: ¿territorio vivo o reserva natural?

Finca de labor en los alrededores de Palazuelos, en la comarca de Sigüenza. // Foto: R.C.

“A cortar silencio, esposa. / Está Castilla crecida / de silencio y sonorosa / paz, oreo por la herida”. Los versos de Ramón de Garciasol, un poeta cultivado a orillas del Sorbe, en su Canción del silencio de Castilla ya se han hecho realidad. Porque precisamente eso, silencio y heridas, son las dos venas rotas por las que aún circula la sangre de una tierra –paradójicamente- tan radiante como exánime.

Escribir un análisis sobre lo que pasa en la Sierra de Guadalajara tiene una doble carga dolorosa. La primera exige orillar lo mucho y bueno que tiene esta zona: paisajes exuberantes, gentes abiertas y hospitalarias, un patrimonio algo descuidado pero sencillo y atractivo, un calendario etnográfico que es un festín, unos rincones magnéticos en los que disfrutar de la quietud del campo, una arquitectura original convertida en emblema de la provincia, rutas turísticas por doquier y un condumio suculento. Todo eso está ahí y no conviene perderlo de vista. La segunda carga pasa por abordar la cuestión sin incurrir en una visión forzosamente trufada por la experiencia de quien tiene su anclaje personal en tan hermoso emplazamiento.

La Sierra de Guadalajara está dejada de la mano de Dios. Es así, y valga la expresión sin ánimo ecuménico ni tampoco victimista. Cuando me refiero a la sierra lo hago, sobre todo, al cuadrante noroeste de la provincia. En concreto, el territorio entre las pedanías de Sigüenza y el límite con Soria y Segovia, a caballo de Sierra Ministra, el Alto Rey y el Macizo de Ayllón. Ciertamente, no es que la vecindad esté mucho mejor, pero al menos encuentran dos acicates. En la parte oriental: el influjo que irradia Sigüenza, cuya capacidad de atracción de visitantes alienta las expectativas de su zona aunque no haya conseguido frenar la tendencia de despoblación. En la parte occidental: el encanto de la Arquitectura Negra, un oasis negro y verde a poco más de una hora de Madrid. Entre medias, un erial. O casi.

El agujero negro, el núcleo del magma, la auténtica sima del friso norte de nuestra tierra se focaliza allí donde el turismo escasea y languidecen las oportunidades por mucho que ahora desde la Administración se abone la retórica sobre la despoblación. Hablamos de una vasta extensión surcada de parameras, picachos y serrijones encajada en las casi 126.000 hectáreas del Parque Natural de la Sierra Norte. La sola denominación de este espacio ya no invitaba al optimismo. Por estos lares nadie ha llamado Sierra Norte a la sierra, que ha sido siempre la serranía o la sierra con sus distintos apellidos: Sierra de Pela, Sierra de Atienza, Sierra Gorda, Sierra Ministra, Sierra del Alto Rey, Sierra Negra o Sierra de Ayllón. Pero nunca Sierra Norte, una nomenclatura institucional que, tal como era previsible por la cantidad de zonas bautizadas de la misma manera –sin ir más lejos, en Madrid-, no ha hecho fortuna más allá de la burocracia.

A comienzos de 2007, José Luis Martínez Guijarro, entonces consejero de Agricultura y Medio Ambiente y hoy vicepresidente de la Junta de Castilla-La Mancha, aseguró que el parque natural se iba a convertir en “una gran oportunidad para los municipios de esta comarca”. Ha pasado más de una década y esta promesa está lejos de materializarse. No toda la responsabilidad es del Gobierno regional. Falta, por supuesto, energía y coordinación entre los menguados ayuntamientos. Y falta, sobre todo, iniciativa privada. ¿Por qué? Es obvio: porque no hay gente. Porque cada vez hay menos serranos.

El parque, regido por técnicos y profesionales competentes, ha servido para reforzar la protección ambiental, delimitar usos y explotaciones e incentivar el desarrollo de ordenanzas como las que atañen a la recolección micológica. Pero no ha sido útil como eje vertebrador del desarrollo económico, que es lo que se supone buscaba la Administración cuando lo articuló. Sería iluso y poco pragmático concebir el parque natural como la gallina de los huevos de oro, pero sí resultaba razonable hacer pivotar sobre el mismo buena parte del futuro de la sierra. Los resultados son tristemente elocuentes: la mayoría de los pueblos siguen perdiendo habitantes, las escuelas se cierran y el turismo continúa creciendo aunque aún no ha despuntado como sí ocurre en otros puntos de Guadalajara, no digamos de provincias limítrofes. La paradoja es que este declive se produce cuando mejor dotados están los servicios públicos básicos. “A los pueblos ha llegado el confort cuando ya no quedaba nadie para vivir en ellos”, escribió Delibes antes de expirar.

Las estadísticas, siempre tan ufanas y maleables, indican que el turismo va para arriba y que esto marcha como un tiro gracias a la extraordinaria gestión de… añadan aquí el gobierno del color que más les guste. La realidad que oteo cada vez que vuelvo a la sierra, y vuelvo con frecuencia, es que la cosa no marcha. Que cada vez hay menos lugareños, menos jóvenes, menos ganaderos y menos negocios abiertos.

La Sierra de Guadalajara, al contrario que otros lugares en la provincia, no ha gozado de un plan específico de desarrollo por parte del conjunto de administraciones. Y lo cierto es que se trata de una demanda que esta zona necesita como agua de mayo. Es un rincón apartado de las grandes vías de comunicación, con una orografía accidentada y un clima difícil de soportar. Todos estos factores deberían exhortar a los poderes públicos, sobre todo, a los que quedan más cerca, a articular una estrategia de largo aliento que supere la vanidad personalista y exceda la ceguera municipal.

Lo que ahora tenemos, por el contrario, es la inercia del derrotismo. Nadie piensa en el futuro. Nadie sabe en qué rayos quieren convertir esta zona el día de mañana y cuáles son las prioridades que deben acometerse. Nadie en las alturas de los despachos parece querer descender de verdad al barro de nuestros montes y ribazos. Y así ocurre: que los discursos refulgen tanto como la oquedad en las inversiones.

Se habla mucho de la urgencia de repoblar la meseta, pero no se incentiva la llegada de nuevos vecinos. Se habla mucho de nuevas tecnologías, pero la banda ancha real que compromete el Gobierno (30 megas) continúa siendo una quimera en los pueblos de tierra adentro. Se habla mucho de cuidar el sector primario, pero sabemos que la inversión multimillonaria de la Unión Europea (fondos regionales, de cohesión y de la Política Agraria Común) no ha servido para frenar la sangría demográfica. Se habla mucho de potenciar el “emprendimiento”, pero la discriminación positiva en la fiscalidad rural ni está ni se le espera. Y se habla mucho de ampliar la oferta turística, pero la cartelería que guía a los visitantes de la zona es de la época de Bono: desde entonces, no se ha renovado.

Henry David Thoreau, el gran filósofo de la naturaleza, escribió: “Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente sólo para hacer frente a los hechos esenciales de la vida, y ver si no podía aprender lo que tenía que enseñar, y no descubrir al morir que no había vivido. No quería vivir lo que no era vida. Ni quería practicar la renuncia, a menos que fuese necesario. Quería vivir profundamente y chupar toda la médula de la vida, vivir tan fuerte y espartano como para prescindir de todo lo que no era vida…”.

Este pensamiento naturalista es el que mueve a muchas personas a escapar de la polución de los grandes corredores urbanos y marcharse al pueblo o directamente a la intemperie, como ha ocurrido con los jóvenes que empezaron a reconstruir Fraguas en el epicentro del Parque Natural de la Sierra Norte. Su caso es muy llamativo, aunque no paradigmático. Nadie debe ser condenado por reconstruir un núcleo abandonado, pero la ley castiga a quien edifica en un territorio protegido. Y eso sirve tanto para los tiburones con corbata como para quienes confunden la repoblación con una ocupación ilegal. La reciente sentencia que ratifica la condena a los miembros de este colectivo es una lastimosa consecuencia ulterior del abandono del medio rural. Pero Fraguas es sólo la punta del iceberg de un rompecabezas que alcanza el grueso de los 288 términos municipales y casi 400 núcleos de población de una provincia parcialmente exangüe. Ahí es donde urge actuar.

El mayor riesgo para la Sierra, igual que para el resto de comarcas que se despueblan, no es la pobreza de recursos, sino la indolencia para plantear alternativas que permitan convertir una reserva natural -cada vez más reservada- en un territorio vivo. Un ejemplo de ello lo hemos visto recientemente a raíz de la polémica suscitada por los problemas de convivencia entre ganaderos y visitantes a cuenta de la presencia de perros mastines para cuidar de los rebaños. Gobierno regional, propietarios de explotaciones de ganado y organizaciones ecologistas parecen coincidir en dos puntos. Uno: los animales, y no las personas, como punto gravitacional de las políticas públicas en el medio rural. Y dos: los turistas y visitantes como elementos secundarios que alteran un ecosistema concebido como un cuadro de Monet o Cézanne. Nadie dispone de la primacía ni de la titularidad sobre toda la sierra, pero algunos actúan como si tal al amparo de los complejos de una administración a los que esta zona le pilla lejos.

El problema de fondo que subyace es la ordenación del territorio. O lo que es lo mismo: quién manda sobre un territorio despoblado regido por directrices políticas obsoletas, anquilosadas, en parte también imprecisas, que favorecen el peso del sector primario en detrimento de otros nichos, como los servicios, que han acreditado una mayor capacidad de generar empleo.

La pérdida de habitantes y el abandono de fincas de labor han hecho que la ganadería extensiva se convierta en un puntal agroalimentario y ecológico. Sin embargo, el desafío principal al que se enfrenta esta comarca es su propia supervivencia. Y para ello es necesario no sólo superar el corsé normativo, sino incentivar actividades que contribuyan a dinamizar la economía, generar puestos de trabajo y favorecer el asentamiento gradual y ordenado de nuevos habitantes.

Urge eliminar trabas burocráticas, agilizar el trabajo de las asociaciones que gestionan los fondos europeos, reducir la brecha entre la dotación de la PAC y los fondos para el desarrollo rural, potenciar el papel de los municipios y las comarcas a la hora de fijar población y respaldar iniciativas como Revitando, el proyecto que Jorge Molinero ha impulsado en la zona de Galve y Cantalojas. Una iniciativa orientada a la repoblación que facilita el asentamiento de habitantes, no con la idea de convertirse en una población flotante o pasajera, sino con el fin de echar raíces y, por tanto, contribuir al desarrollo endógeno de esta comarca.

En síntesis, hay que cambiar el chip y seguir las metas establecidas en el reciente Manifiesto de Sigüenza, presentado en diciembre pasado en el Parador de la Ciudad del Doncel. La cita, organizada por Nueva Alcarria y los grupos de acción local, fue un cónclave relevante de la Guadalajara rural, un aldabonazo frente a la marginación y la desigualdad en la prestación de servicios. También frente a quienes plantean la disyuntiva reduccionista entre pueblos vivos o reserva natural. Dos opciones que sí son compatibles, pero a condición de una voluntad política real de todas las administraciones, bien reactivando la Ley de Desarrollo Rural de 2007 o articulando un pacto de Estado; y del máximo empuje social de quienes aún resisten en nuestras zonas rurales. Más presión, más exigencia y más movilizaciones de calado, desechando egoísmos localistas. Cuando las barbas de los chalecos amarillos en Francia veamos mojar, pongamos las nuestras a remojar… Es la única vía para salir del marasmo. En la Sierra y en todas las comarcas que van camino de su extinción.

Raúl Conde

Periodista. El Espanyol es mi tormento y los Ribera del Duero, mi debilidad. «Cultura, justicia, libertad» (Azaña).