Sin salida

Sesena700Elvira Lindo publicó en El País la semana pasada una columna luminosa. A propósito de la reforma de la Ley de Costas, destinada a explotar los pocos kilómetros del litoral que han sobrevivido a la orgía del ladrillo, la escritora puntualizaba que no podemos creernos esa milonga de que la crisis, al menos, servirá para replantearnos las causas que nos han llevado al desastre y hacer propósito de enmienda.

A la vista de lo que está pasando, es imposible mantener un axioma tan voluntarioso. No parece que España esté en vías de corregir sus desaciertos. Al contrario. Y no porque la deuda encalle o la sima del paro no tenga fondo, sino porque no hemos aprendido nada. Nuestros gobernantes tienen la mente puesta en 1996. El fin declarado es volver a la casilla de salida, regresar a los orígenes de la explosión que derivó en la actual implosión. Vean las noticias, asómense a los periódicos, pongan la oreja en las conversaciones del café. Nuestro entorno está lastrado por necesidades acuciantes que impiden desbrozar las ramas del bosque. Hay urgencias, y muchas, de tal manera que expresiones como urbanismo racional, cuidado del patrimonio o inversión en ciencia acaban enterradas en simples quimeras.

Con las cosas de comer no se juega. Eso nos decían nuestras abuelas. Es cierto, aunque ahora algún político irresponsable se dedique a banalizar el hambre y las obligaciones de los deudores hipotecarios. La cuestión es que España no solo no ha enfilado la salida del túnel, sino que, en caso de seguir así, el túnel se va a hacer eterno, y cuando salgamos, seguramente nos toparemos de bruces con otro más largo. Este país no tiene remedio mientras relegue a asuntos “secundarios” lo que, bien orientado, podría ayudar a cambiar los problemas que gangrenan nuestra existencia.

Enric González escribe en El Mundo que “España tardará en salir del hoyo. Mientras tanto, podríamos aprovechar el tiempo para cambiar unas cuantas cosas y madurar un poco”. Nada de eso ocurre. Ni el medio ambiente, ni el patrimonio histórico, ni la cultura, ni la ciencia son asuntos prioritarios para quienes nos gobiernan. Esto se traduce en reformas infames de la legislación: reducción de subvenciones para I+D, menos dotación de medios para investigadores, menos becas, nueva ley de costas, 21% de IVA cultural, indefinición contra la piratería, ausencia de mecenazgo y de ayudas directas a la restauración de bienes. El gasto total en I+D+i por habitante en España, que en 2011 fue de 307,3 euros, ha disminuido un 3,07% respecto a 2010. La inversión en innovación cae el doble que el PIB (1,5%), mientras el presupuesto del Ministerio de Cultura se contrajo este año un 17,2%, la tercera cartera que más cae.

El desenfreno por ganar mucho dinero y en el menor tiempo posible, y la visión raquítica de quienes quieren sacarnos de la crisis con más pobreza, conforman un cóctel cuyos resultados a nadie debería extrañar. El cierre de cines, librerías, teatros y periódicos supone una tragedia de primera magnitud. No tiene el estruendo de la quiebra de un país o de un zarpazo de Wall Street, pero sus efectos son también devastadores.

En un artículo publicado en 2003, David Trueba profetizó: “Ahora mismo a España la mantiene unida el cemento. Es el aglutinante de la cohesión nacional. A madrileños y vascos, catalanes y andaluces nos une el cemento. Quitas el cemento y España se va a tomar por culo. Es la pasta de nuestra empanada”. (Érase una vez. Antología. Ed.Debate, 2013). En su texto recordaba que el cemento sin arena no agarra, y que en el mortero de nuestra sociedad habíamos olvidado añadir la educación, la sanidad o la vivienda.

Una década después, seguimos en lo mismo, señal de que no se ha corregido nada ni ganas de hacerlo. Las consecuencias de esta miopía son demoledoras. Pisotear la cultura empobrece a la sociedad, la hace menos libre, menos culta, menos vigilante con el poder. Una opinión pública malhadada es un caldo de cultivo para la barbarie que denunciaba Sampedro. Por mucho internet que tengamos. Por mucha libertad digital que proclamen los apóstoles de la nueva economía.