En Almiruete volvieron las botargas y mascaritas

Botargas y Marcaritas de Almiruete
Botargas y Marcaritas de Almiruete

A las cuatro en punto de la tarde, con tiempo primaveral de casi veinte grados centígrados, sol radiante, y un espléndido olor a campo en puertas de florecer, Miguel Mata, uno de los botargas que se empeñó en retomar la tradición del desfile, allá por el año 1985, hacía sonar el cuerno de toro, anunciando que las botargas estaban a punto de aparecer.

Los sucesivos toques, graves, encontraban el eco del sonido de los cencerros, más agudos, que los botargas llevan siempre convenientemente atados a la espalda. En esta ocasión, hacían su aparición procedentes de la Peña Lengua. El paraje está a cerca de un kilómetro del pueblo, a espaldas del caserío y hacia el oeste, escondido entre la montaña y su vegetación. Sólo después del final del desfile las botargas hacían público el lugar.

Hoy, el carnaval de Almiruete es Fiesta de Interés Turístico Provincial, aspirante a serlo también Regional, y no hay año en el que desfilen menos de medio centenar de personajes, entre botargas y mascaritas, como ha sido el caso en 2017, pertenecientes además a varias generaciones, lo que asegura sin duda la continuidad de la tradición.

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Desde las tres de la tarde, las botargas se habían preparado, vistiéndose con celo, y de acuerdo exactamente con la tradición, a resguardo de la Peña, escondite natural que este año ha sustituido a las tainas de ganado y al camino del Tirador, por el que bajaron al pueblo el año pasado. Pasadas las cuatro, aparecían en el caserío del pueblo, caminando de oeste a este, en lo alto de la colina sobre la que se acuesta el pueblo, con las caras tapadas por sus espectaculares caretas.

La primera calle que han pisado ha sido la del Pilar, a la altura de la Fuente que lleva ese mismo nombre. Irreconocibles con sus máscaras, las exhibían orgullosos, precedidos siempre por Miguel Mata y epilogados por Demetrio Serrano, otro de aquellas primeras, y ya veteranas, botargas de 1985. Ambos lucían dos curiosos sombreros, con rosa blanca, que también forman parte de la parafernalia del carnaval.

Las máscaras de los botargas tienen un toque rudimentario, que las une a la tierra, bien sean palos, raíces u otros elementos. Su vestimenta homenajea la forma de vida del pueblo, basada en la ganadería y la agricultura. De hecho, tiene mucho de pastoril, con cencerros a la espalda, que hacen sonar al unísono en su desfile, garrote, con el que tocan la tierra porque se cree que su gesto aporta fertilidad al campo, polainas y abarcas.

Los personajes del carnaval dan, de manera invariable tres vueltas al pueblo, siempre en sentido contrario al de las agujas del reloj, tal y como llegan a la Sierra las borrascas invernales, que aportan agua y nieve, y con ellas la vida al campo. Ayer, después de entrar en el pueblo por la Cuesta del Cauzo, se encaminaron por Plaza del pilar, Cuesta del Horno, Plaza y Camino de Valverde, Fuente Nueva y calle de Atienza. En la primera, los botargas se exhibían ante el gentío que los esperaba. No en vano, la creación de algunas de sus máscaras les lleva meses de trabajo.

En la segunda, recogían a las mascaritas, que también se visten y preparan en un lugar secreto, pero en el mismo caserío del pueblo. En esta ocasión las han recogido en el patio de la casa de Lope, frente a la Iglesia.

Botargas y mascaritas se elegían y emparejaban en el patio de la casa, con la dificultad que entraña reconocerse, porque tanto unos como otras llevan la cara y el resto del cuerpo cubiertos, incluidas las manos. El tercer y último giro, que terminó como los dos primeros, en la plaza del pueblo, lo hacían desfilando en dúos. Entonces, las botargas recogían las espadañas, que habían escondido previamente, mientras que las mascaritas hacían acopio del confeti de colores. Soplando juntos, esparcieron a turistas y lugareños, las pelusas de las plantas y los papelillos de colores, que terminaban pegándose en la ropa de los que miraban. Mientras caía esta lluvia, que igualmente simboliza la fertilidad, las botargas, cometiendo una pequeña maldad, “sin abusar”, puntualiza Mata, ensuciaban la cara de algunos de los que no se han vestido este año.

Al final, todos los disfrazados han descubierto sus caras en la plaza, dándole así comienzo a la segunda parte del ritual: las carreras tras el botillo de vino. Antiguamente, las botargas subían a la casa consistorial de Almiruete donde adrede se encontraban reunidos los casados y las autoridades municipales. Tras un brindis del alcalde, se intercambiaban algunos tragos de vino y, seguidamente, se lanzaba el botillo por una ventana a la plaza. El que lo cogía al vuelo, corría hacia el campo rápidamente con él, apurando a la carrera algún sorbo hasta que el resto de botargas recuperaban la bota. Así se ha hecho este año también. Además, y después de varios años sin aparecer, han salido tres personajes más: el oso, el domador y la vaquilla. El primero “atacaba” a la gente, mientras el domador hacía lo posible por “retenerlo”. La vaquilla hacía esto mismo, pero sin control humano y siempre en sentido figurado llevando sobre los hombros y la espalda una estructura de madera que corona una cornamenta real, de toro, sujeta a las tablas, y completamente cubierta por una manta negra, pelada, que envuelve hasta los pies a quien va debajo.

Pasadas las cinco de la tarde, los dulzaineros de Sigüenza, herederos de la tradición de José María Canfrán y de su redoblante, Carlos Blasco, añadían las notas de sus gaitas al sonido de los cencerros. La gente bailaba en la plaza, al son de las gaitas. Y ya por la tarde, llegaban el somarro y la barbacoa, con la que los almiruetentes invitaron a propios y extraños.

Para Eugenio Esteban, alcalde de Tamajón, “el carnaval es un pregón para la Sierra Norte y para Tamajón, que conserva las raíces y la historia de Almiruete y que sus gentes han sido capaces de recuperar, porque, de otra manera, se hubiera perdido”.

Galería fotográfica


Fotos cedidas por el Ayuntamiento de Tamajón