Guadalajara, ciudad de historias

Torreón del Alamín
Torreón del Alamín

Muchas veces se vincula la pervivencia de la tradición oral al mundo rural. Según la creencia urbana, este tipo de historias solo se custodian en las pequeñas localidades del campo. Pero nada más lejos de la realidad. En las ciudades también se suceden las leyendas. Al fin y al cabo, estos relatos hablan del pasado de los lugares. Intentan explicar el origen de ciertos comportamientos de las comunidades humanas. Algo que también ocurre en las metrópolis, por muy tecnificadas que se encuentren…

Por ello, no es extraño que en diferentes rincones de Madrid, París o Ciudad de México se sucedan los mitos. Una circunstancia que también ocurre en Guadalajara (España). La capital provincial cuenta con un gran número de narraciones populares, en las que se intentan aclarar denominaciones de calles o acontecimientos históricos. No hay nada que se escape a la imaginación de estas fábulas, transmitidas de generación en generación.

“Leyenda y tradición conviven desde tiempos inmemoriales con hechos y personajes reales que pueblan la historia de la capital y de sus lugares más emblemáticos”, aseguraba la técnico de Turismo del Ayuntamiento arriacense, Elena Ruiz Sanz. Estas palabras las hizo a colación de la presentación de una ruta que, sobre esta temática, diseñó el consistorio.
Uno los relatos más conocidos tiene que ver con la toma de la ciudad en 1085 por parte de las tropas castellanas. En el mismo se combinan –magistralmente– historia, ficción y relaciones de amor entre personas de bandos enfrentados. “Corrían los tiempos en que árabes y cristianos luchaban por el dominio de la Península Ibérica. La capital, en manos musulmanas, estaba rodeada por una muralla con una única puerta de acceso y cuyas llaves custodiaba un anciano mahometano que vivía –junto a su hija– en el Torreón del Alamín”, describía Elena Ruiz.

La Alaminilla
La Alaminilla

Esta joven se llamaba Aixa, aunque todo el mundo la conocía como «Alaminilla», por ser descendiente del «Alamín», puesto que ocupaba su progenitor. “Su padre la cuidaba como al más lindo lirio de su jardín, dándola total libertad con tal de no contrariarla”, indicó el especialista Felipe María Olivier López-Merlo en su libro «Historia y leyendas de Guadalajara».

Aixa acabó enamorándose de un caballero cristiano, llamado Gonzalo. Sin embargo, un tercer hombre, sirviente del «valí» –o gobernador– de la medina y que también estaba prendado de la chica, descubrió esta relación imposible. “Sospechando que Aixa tenía otro amor, el escudero se convirtió en la sombra de la muchacha, siguiéndola a todas partes”, relató Olivier.

La Alaminilla
La Alaminilla

De esta forma, el criado supo que los cristianos arriacenses tenían el proyecto de abrir las puertas de la ciudad a sus correligionarios castellanos, que se encontraban en plena «Reconquista». La idea era que, a petición de su novio católico, “Aixa procurara un molde de cera de la llave de la puerta de la Feria (hoy, Torreón del Alvar Fáñez), el cual entregaría a un mensajero en la parte exterior de la localidad”, reseñan los expertos.

Así, se facilitaría la apertura de las puertas de la muralla y, por tanto, la toma de la ciudad. “El resultado de esta traición sería que los jóvenes se pudieran casar cristianamente con toda libertad, sin menoscabar la autoridad paterna y respetando las costumbres y religión del anciano padre de Aixa”, aseguró Felipe María Olivier. La leyenda finaliza con la conquista de la ciudad por parte de Alvar Fáñez de Minaya, aunque con un triste desenlace para los protagonistas del relato.

Torreón del Alvar Fáñez
Torreón del Alvar Fáñez

“El escudero del «valí» [que había perseguido a la mahometana durante la entrega del molde de las llaves de la muralla], lleno de celos, sacó una flecha de su aljaba. Montándola en el arco, lo tensó y lo disparó con tal acierto que tumbó en el suelo a la mujer, mortalmente herida”, tal y como se indica en «Historia y leyendas de Guadalajara».
Sin embargo, la intervención del criado no finalizó aquí. “Rápidamente, disparó una segunda saeta dirigida al caballero Gonzalo, que ya galopaba sin oír el lamento de dolor de la doncella. Solo percibía el sonido de los cascos de su caballo y del viento cortado en su carrera. La flecha a él dirigida se clavó en el tronco de un árbol cercano”, explican los relatos. “El escudero, lleno de terror por lo que había hecho, salió corriendo barranco abajo”, rememoró Felipe María Olivier. Al final, se acabó ahorcando, consumido por la culpa…

Al día siguiente, los cristianos conquistaron Guadalajara. Sin embargo, no todo fue alegría. El caballero Gonzalo mostraba un gran pesar al no poder disfrutar de su amada. “La «Alaminilla», tan querida por la comunidad cristiana, fue tomada como bandera de sus libertades y muchos comenzaron a considerarla una mártir”, aseguran los expertos.
Sin dejar la época medieval…

Durante la Edad Media también se ambientan otros relatos arriacenses. Entre ellos, el del callejón del «Mal degollado», que hoy recibe el nombre de «calle de la Sinagoga». Allí, residía un recaudador de impuestos. Lo hacía en una enorme casa junto a su ama de llaves. “Cuenta la historia que unos malhechores un poco patosos, en una noche fría de invierno, entraron en esta vivienda para robar el dinero cobrado gracias a los tributos”, relata Manuel Granado, guía de la ciudad y especialista en tradición oral.

Calle de la Sinagoga
Calle de la Sinagoga

Pero como los bandidos no eran especialmente ágiles, una vez dentro de la casa, se confundieron de alcoba. Y en lugar de entrar en el despacho del recaudador –donde se hallaba el botín–, lo hicieron en la habitación donde dormía el funcionario. “Cuando la víctima se despertó, vio allí a los ladrones, por lo que empezó a gritar”, relata Granado. Entonces, uno de los salteadores se puso nervioso y atacó –con una daga– al servidor público.

“Hubo un montón de sangre y los malhechores se asustaron, razón por la cual salieron corriendo de la morada. Cuando estaban huyendo de la vivienda, vieron aparecer –lleno de sangre– al «espectro» del recaudador de impuestos, quien profería: «¡Al ladrón! ¡Al ladrón!»”, describe Manuel Granado. “Los bandidos se asustaron todavía más, tiraron el dinero y se escaparon a mayor velocidad”, añade.

Pero, en realidad, ¿qué había pasado? Estos salteadores no habían matado al funcionario. Solo lo habían herido. Sin embargo, el servidor público se tiró al suelo con el objetivo de fingir su muerte y –de esta forma– librarse de los malandrines. Ante esta falta de habilidad de delincuentes, al callejón donde se emplazaba la mencionada vivienda se le acabó conociendo como el del «Mal degollado»…

Con la Iglesia hemos topado
La Edad Media también fue el origen del suceso que daría lugar a la leyenda de la Virgen de la Antigua, patrona de Guadalajara. “Cuando el siglo VIII se acercaba a su final, y la noble ciudad de Alcalá cedía protagonismo frente a Guadalajara, cuyo alcázar y fuertes murallas –recién construidas– la hacían poco menos que inexpugnable, uno de los últimos obispos de la villa complutense trasladó su residencia a la población arriacense”, explicó Jesús Simón Pardo en «Leyendas sobre la Virgen en Guadalajara».

Virgen de la Antigua, patrona de Guadalajara
Virgen de la Antigua, patrona de Guadalajara

“Situado en su nuevo asentamiento, el prelado inició los trámites pertinentes para construir una iglesia donde se pudiera desarrollar el culto cristiano”, añadió Simón Pardo. Durante estos trabajos de construcción, un obrero clavó su piqueta en un punto de la muralla, que –de repente– sonó a hueco. “Despejado el lugar, se encontró una pequeña hornacina y, dentro de ella, una imagen de la Virgen, depositada allí por los viejos cristianos”, narran los especialistas.

De esta forma, se encontró la primera talla de la Antigua. Ante este descubrimiento, la mencionada representación fue acarreada hasta el santuario de Santo Tomé. “La clerecía y los cristianos trasladaron la sagrada imagen al mencionado templo, protagonizando la primera procesión de la historia con la patrona de la ciudad”, relató Jesús Simón Pardo.
Unas tradiciones que no cesan.

También en época medieval se origina el relato que intenta explicar el porqué del apodo de «La Carrera» a una de las calles más conocidas y céntricas de la capital. “Corrían tiempos de Alfonso X (1221–1284). Consciente de la escasez de caballos, el rey decidió promulgar una ordenanza por la que se obligaba a todo hidalgo poseedor de una mula a mantener –también– un caballo”, describía la técnico municipal de Turismo arriacense, Elena Ruiz Sanz.

Para contribuir a este propósito, Alfonso X eximió de tributos a todo aquel que se hiciera con el equino. Además, “mandó celebrar todos los años un alarde o revista militar de los caballeros de la villa [de Guadalajara], donde exhibieran sus armas y cuidadas monturas. Tan lúcido desfile se celebraría en esta explanada de la localidad”, contaba el mencionado especialista.

Esta costumbre continuó hasta tiempos de Alfonso XI (1311-1350) –bisnieto de El Sabio–, quien, impresionado por este evento, institucionalizó la iniciativa, creando la Real Orden de Caballeros de la Banda. “Desde aquel entonces, este espacioso camino, que luego llegó a ser calle, quedó bautizado con el nombre de «La Carrera»”, se confirma en «Historia y leyendas de Guadalajara».

El callejón de «Abrazamozas»

Callejón de «Abrazamozas»
Callejón de «Abrazamozas»

Un poco más tarde, hacia el siglo XVI –o, quizá, fuera en el XVII–, se desarrolló un lance que dio nombre a otro de los espacios de la ciudad. Se trata de la Cuesta de San Esteban, conocida como el callejón de «Abrazamozas». En uno de los costados de esta vía se emplaza el Palacio de la «Cotilla» o de los marqueses de Villamejor.

Según cuenta la leyenda, una sirvienta de este complejo palaciego fue a por agua a una fuente existente en la actual plaza del General Prim. Allí se entretuvo, hablando con otras jóvenes de la zona. Tras finalizar la tarea, la joven emprendió el regreso al trabajo, para lo cual tuvo que atravesar el referido callejón…

“En él la esperaba un muchacho con intenciones aviesas, ocasionando –durante el forcejeo– la rotura del cántaro de la chica y, también, de su «cotilla» –o corsé de lienzo o seda–, que se desgarró por las costuras. La ágil moza, libre ya de su impedimenta, llegaría a su destino sin reparar en haber perdido esta pieza de su vestimenta”, menciona la tradición oral.

A la mañana siguiente, cuando las ancianas más madrugadoras se dirigían a misa en las parroquias de Santa María o de San Miguel, se toparon con la «cotilla», que todavía estaba tirada en el suelo. Los rumores y habladurías en torno a este hecho corrieron libremente, por lo que el lugar comenzó a ser conocido como «La Cotilla» –en el caso del palacio y la plaza contigua– y «Abrazamozas», en el ejemplo del callejón.

«Los Mandambriles»
En la misma época –en torno al siglo XVI– se desarrolló otro de los relatos que han otorgado personalidad a la historia arriacense. Durante la mencionada centuria, vivió en la ciudad Don Alvar Gómez, un aristócrata que se hizo célebre por su fervor religioso. Entre su legado, destacó la construcción de la ermita dedicada a la Virgen de la Soledad, que estuvo ubicada en la plaza de Santo Domingo, en el arranque del paseo de «Las Cruces».

Su fama era tal que Alvar Gómez consiguió reunir a una serie de partidarios del santuario, con el fin de fundar una hermandad en torno a dicho proyecto. La asamblea la convocó un «domingo de Pascua Florida» en un terreno suyo, localizado a las afueras de la localidad.

Tras aprobar unánimemente los estatutos de la cofradía, se eligió al «manda» o responsable de la congregación. Y, tras ello, “el pío caballero invitó a los presentes a comer «hornazo» (torta hecha al horno salpicada de huevos cocidos)”. “Desde entonces, la voz del pueblo comenzó a llamar al lugar «Los Manda-Abriles», por los personajes que allí se elegían y el mes de su elección”, aclaran los expertos.

Sin embargo, y debido a la evolución del lenguaje, la palabra acabó convirtiéndose en «Los Mandambriles». “Tanto el barranco como el arroyo que seguía su curso hasta el río Henares, tomaron este mismo nombre. Y así se siguen llamando estos accidentes geográficos, ya muy degradados por la incuria y la mano del hombre”, confirmaba el mencionado especialista.

«La Fuente de la Niña»
«La Fuente de la Niña»

«La Fuente de la Niña»
Entre los relatos más conocidos de Guadalajara se halla el de «La Fuente de la Niña». El suceso que dio lugar a esta leyenda se produjo en el siglo XIX. En esta época, la capital vivió una “fiebre de modernismo”, observándose –en este sentido– una importante apuesta por las obras publicas. Entre ellas, la ampliación de la red de agua potable, así como la reparación de las acometidas que traían el suministro desde El Sotillo.

Precisamente, una de las zonas más afectada fue un espacio verde al sur de la capital. “Poco más arriba de las eras de San Roque y del acueducto de ladrillo que las cruzaba, por encima de la ermita de este santo, existía un bosquecillo, donde el Ayuntamiento decidió construir una fuente en una plazoleta rodeada de bancos”, recordó Felipe María Olivier.

La zona comenzó a ser muy visitada por los vecinos de la ciudad. Sobre todo, en verano. Y más concretamente, tras la tradicional romería en honor a San Roque, que tenía lugar todos los 16 de agosto. Entre los participantes de estas celebraciones se distinguió a unos jóvenes padres del barrio del Arrabal de Agua, acompañados por su hija de tres años.

El día había sido caluroso y la noche se anunciaba muy agradable, por lo que muchos asistentes prolongaron la celebración. “Los mayores se pusieron a jugar a la gallinita ciega, mientras que los muchachos se entretenían en corro. Los menores, por su cansancio, disolvieron pronto la rueda. Sin embargo, la pequeña de tres años se acercó hasta la nueva fuente de pilón poligonal…”, se indica en «Historia y leyendas de Guadalajara».

La niña “miró al estanque con avidez, tratando de distinguir las oscuras y rápidas sombras de los pececillos que procuraban ocultarse entre la rocalla musgosa que había en el fondo.

Estando en ese entretenimiento, vio entrar a la luna por el borde, que iluminó las aguas donde se reflejaba. Con presuroso movimiento instintivo, la quiso coger con ambas manos.

Y atraída por el engaño, la chica perdió el equilibrio y, sin poderlo remediar, cayó de bruces al fondo del estanque”, describió Felipe Olivier.

Una vez que los romeros se dieron cuenta de la desaparición de la menor, se pusieron a buscarla desesperadamente. Sin embargo, la historia no tuvo un final feliz. Encontraron a la chiquilla en el fondo del pilón, muerta. “Y, cosa curiosa, en el momento de su hallazgo, coincidía la luna con su preciosa cabecita”, señalan algunas fuentes. Desde aquel momento, el lugar fue conocido como «La fuente de la niña»…

“Cuentan las gente del barrio que la madre se volvió loca y el padre murió de dolor”. De hecho, las noches de luna llena se veía a la progenitora subir hasta el lugar del suceso para conseguir ver la cara de su hija reflejada en la fuente. Y cuando selene desaparecía, la mujer se marchaba al cementerio, a llorar a la niña. Allí permanecía hasta el amanecer. “Un día, después de una gélida noche de enero, en el momento en el que el sepulturero se disponía a comenzar su jornada laboral, encontró a la mujer yerta sobre la sepultura de la pequeña”, concluyó Olivier.

De cara al turismo

Palacio de la Cotilla
Palacio de la Cotilla

Por tanto, la capital provincial cuenta con un importante legado en tradición oral. Y no solo por el maratón de los cuentos. Las leyendas también son muy importantes. Son parte de la historia de la ciudad. Y, si se apuesta por ellas, también pueden suponer un revulsivo para la economía arriacense, gracias al turismo. En este sentido, se debe destacar el papel realizado por la asociación de guías de Guadalajara. “Fuimos nosotros los que comenzamos la divulgación de estos relatos”, confirma Manuel Granado, uno de los integrantes de dicha entidad.

Empezaron con dicha labor hace más de una década y, hasta el momento, han obtenido unos resultados muy positivos. Un éxito que provocó que el Ayuntamiento arriacense hiciera suya la idea y ofreciera una «ruta de leyendas y curiosidades». Además, también se encuentra el recorrido que, sobre esta temática, oferta Manuel Granado. “Me lo continúan solicitando, sobre todo vecinos de Guadalajara”, confirma.
– Entonces, el tema de los relatos e historias, ¿puede constituirse como un impulso turístico para la capital?

– Como en la ciudad aún estamos en pañales, todo puede ser un revulsivo para el turismo –asegura Granado–. Normalmente, las rutas de leyenda son un complemento, tal y como ocurre en Madrid, donde el visitante ya conoce muchos de sus monumentos. Sin embargo, Guadalajara todavía hay que darla a conocer, divulgar su contexto histórico, artístico y cultural. Pero hablar de su rica tradición oral siempre es un «plus»…

En cualquier caso, y como se ha podido ver, la capital arriacense custodia un gran número de leyendas. Por tanto, las ciudades también poseen esta tradición. Unos relatos que no son solo un reclamo turístico. También hablan de la historia compartida por los vecinos de una determinada localidad o comarca. Por ello son tan importantes. Al fin y al cabo, son una forma de explicar el porqué de determinados eventos del pasado…

Bibliografía
OLIVIER LOPEZ-MERLO, Felipe. Historias y leyendas de Guadalajara. Guadalajara: AACHE Ediciones, 2001.
SIMÓN PARDO, Jesús. Leyendas sobre la Virgen en Guadalajara. Guadalajara: AACHE Ediciones, 2001.