La Gran Montaña

Pseudónimo: Cantueso
Autora: Ana Maria Yela Escribano
Finalista

A los pies de la montaña, en un pequeño pueblo, vivía el abuelo Celestino. La casa del abuelo Celestino estaba en la parte baja del pueblo. Un pueblo mágico, cuyas casas estaban hechas de pizarra negra y adobe. El pueblo era como si el tiempo se hubiera congelado, encerrado en épocas pasadas; tierra y pizarra cubrían las calles.

El abuelo Celestino, era un hombre de ochenta años, siempre llevaba su boina y sus gafas de culo de botella, tan grandes los cristales en proporción a su pérdida de visión. Él expectante, en su poyete de piedra, esperaba la hora mágica, aunque preocupado por sus deberes con y su pueblo. Celestino, como alguacil, tenía que dar la luz del pueblo, no sin antes saludar al rey de la casa, Manuel su nieto de siete años.

Empieza escuchar una estampida es la familia de Celestino y con él, Manuel, el cual saluda con un efusivo abrazo a su abuelo. La hija del Celestino, María ordena a Manuel su hijo, dejar sus juguetes en su cuarto. Y; uno, dos, tres cómo no. Manuel patalea en el suelo y se queja.

El abuelo Celestino, hombre duro por fuera, pero tierno por dentro acude a mimar al pequeño nieto. Le acaricia tiernamente la cara a su nieto, le pone su boina, le calma y pregunta: – Manuel, ¿quieres venir a poner la luz del pueblo? Es muy importante hacerlo, fíjate si lo hacemos seremos superhéroes.

Entonces, Manuel con ojos de admiración a su abuelo le respondió: – ¡Si¡, Abuelo.
Celestino y Manuel, suben por el pueblo y llegan a su destino la torreta de la luz. Y allá a lo lejos, en el horizonte, la imponente montaña. En aquel momento que Manuel observó la gran montaña, preguntó con un brillo de curiosidad a su abuelo: – Abuelo, Abuelo ¿la montaña es más vieja que tú? ¿hay fantasmas en la montaña? Y ¿por qué la llaman Santo Alto Rey?

A la vista del hambre de conocimiento que mostraba el pequeño Manuel. El abuelo se aclaró la garganta y procedió a contestar al nieto:

-Cuentan las leyendas, que la sagrada montaña es más antigua que los mismos pueblos de alrededor. No se sabe cómo, ni por qué, pero una sacerdotisa dijo que en una noche como está, subían los celtiberos. Comentan que iban a la montaña y encendían una lumbre. En la hoguera, cantaban y bailaban la danza de la “Madre Tierra”. Justo, en el primer baile se cruzó una estrella fugaz y desde entonces los hombres y mujeres de la tierra piden deseos a las estrellas fugaces.

Cuando el abuelo terminó el relato Manuel insatisfecho contestó a su abuelo: – Pero, abu. No me has dicho ¿Por qué se llama así la gran montaña?.

Entonces el abuelo miró con orgullo, la insaciable hambre que tenía su nieto y narró: – En otros pueblos dicen que unos antiguos guerreros santos, los templarios, fueron a la montaña el primer fin de semana de septiembre, en el momento que el sol empezó a caer. Cansados de la gran travesía que cargaban en sus espaldas decidieron sentarse.

Encendieron el fuego y comenzaron a orar al altísimos. Dicen que sus oraciones, viajaron por el viento y llegaron al cielo. Pues, después sus voces afligieron al señor. Dios vio sus corazones nobles por su causa. Y envió al arcángel, Gabriel. Entonces, los templarios escucharon el mensaje de Gabriel, que consistía en clavar sus espadas en el pico. Y del pico de la montaña brotó el aceite. Así pues, los caballeros templarios decidieron honrar el milagro y desde la parte más alta de la montaña se construyó la ermita.

Unos segundos después, Manuel miro fijamente a su abuelo y le pregunto: Abuelo, Abuelo ¿Y por qué sube tanta gente arriba en septiembre?

El abuelo Celestino contempló “El Santo Alto Rey” y dijo: -Nieto, no hay razón que pueda decirte. Solo decirte que la montaña llama a reunir a sus gentes. Sus gentes son Albendiego, Aldeanueva de Atienza, Bustares, Gascueña de Bornova, El Ordial, Prádena de Atienza y, por su puesto, nuestro pueblo. Tal vez, ya no danzamos en el fuego como los antiguos o ya no oramos como los templarios. Pero la montaña, nos protege, tiene magia.
Cuando el abuelo Celestino iba a coger aire para contarle más historias sobre la gran montaña, el pequeño Manuel agitó a su abuelito por el brazo, señaló el cielo y dijo: –

¡Mira!, abuelo una estrella fugaz tenemos que cerrar los ojos y pedir un deseo rápido.
Ambos cerraron los ojos y dándose la mano el uno al otro, pidieron sus deseos. Uno pidió qué el tiempo fuera más despacio y el otro pidió crecer deprisa.