Monsalud se reivindica como enclave turístico (e histórico)

Monasterio de Monsalud. Foto Javier Fernández Ortea
Monasterio de Monsalud. Foto Javier Fernández Ortea

Guadalajara es una provincia muy rica en historia. Debido a su orografía –limitada, al Norte, por el Sistema Central, y al Este, por el Ibérico–, se constituyó durante siglos como un lugar de frontera entre diferentes culturas. Fue el límite entre musulmanes y cristianos y, más tarde, entre castellanos y aragoneses. Una realidad que nos ha legado no sólo una gran imbricación cultural. También un importante rastro monumental, que jalona el territorio arriacense. No en vano, estamos ante el segundo espacio español con mayor número de fortalezas, tras Jaén.

Sin embargo, uno de los apartados patrimoniales más ricos es el de los edificios religiosos, que proliferaron en el espacio caracense como forma de expansión –y de expresión– de una nueva fe, la cristiana. Un ejemplo fue Monsalud, en Córcoles, un cenobio con más de ocho siglos de historia, enclavado en un lugar idílico. Se trata de un monumento único, que hace unas semanas protagonizó un conservatorio en el espacio cultural Mareta –en Guadalajara–, a cargo de Javier Fernández Ortea, historiador, arqueólogo y autor de «Evolución histórica y patrimonial del Monasterio de Monsalud. Del retiro espiritual a su apertura pública».

Este monumento fue el más meridional del Císter en su época. Su fundación se produjo en un momento en el que –todavía– Cuenca no se encontraba en manos castellanas, por lo que el cenobio se halló “en una situación periférica”. Es decir, “un territorio de frontera con un débil poblamiento”, siendo considerado como una plaza relevante para “la defensa de la fe cristiana”, confirma Javier Fernández Ortea.

Monasterio de Monsalud. Foto Javier Fernández Ortea
Monasterio de Monsalud. Foto Javier Fernández Ortea

Un poco de historia
El Císter se estableció en la Península Ibérica –o, al menos, en el reino de Castilla– en plena Edad Media, en la época de Alfonso VII. Dicho monarca utilizó a la Orden religiosa en su proceso de reafirmación del poder regio frente a la aristocracia. “El prestigio de San Bernardo, sumado a la relación de Alfonso Enríquez –rey de Portugal y primo de su homónimo castellano– con el territorio borgoñés, del que procedían los monjes blancos, facilitó su entrada en el espacio castellano”, señala Fernández Ortea.

Además, los dignatarios del momento contaban con importantes extensiones de superficie recién conquistadas, en las que requerían “consolidar su dominio”. Por tanto, se echó mano de los cistercienses, para propiciar un incremento demográfico. Una circunstancia que, unida al “carácter estratégico de los cenobios”, facilitó la fundación de monasterios cistercienses en la actual provincia arriacense. Entre ellos, los de Monsalud, Óvila, Bonaval y Buenafuente del Sistal, creados a lo largo del siglo XII. En el caso que nos ocupa, su fundación se encuentra documentada en 1167, aunque algunas fuentes retrasan la puesta en funcionamiento a 1140. En cualquier caso, es un asentamiento con siglos a sus espaldas.

Asimismo, “fue común en el establecimiento de comunidades monásticas el recurso al «locus sanctus». Es decir, lugar de enterramiento de un santo o bien la aparición de la Virgen, para atraer donaciones de mecenas atraídos por el poder religioso del enclave”. Así, se debe destacar la fama milagrera del lugar, que alcanzó su punto álgido a partir de 1592, cuando arribó al lugar fray Bartolomé de la Canal, quien fue tratado de sus dolencias en el referido emplazamiento, se indica en «Guadalajara, tierra de leyendas». “Es curioso que, en dicho cenobio, al menos a mediados del siglo XVII, había frailes saludadores que trataban la rabia casi de idéntica manera que sus «colegas» laicos, aunque añadiendo aceite de las lámparas”, asegura Juan Blázquez Miguel, en su libro «Castilla–La Mancha. Magia superstición y leyenda».

Esto generó que Monsalud se convirtiera en un lugar de recepción de creyentes desde antaño. Algunas fuentes, como la Historia de la antigua ciudad de Alce y Villa de Sacedón, publicada en 1766 y escrita por Fray Francisco Antonio San Pedro de Alcántara, señalaban que ya existía una peregrinación al lugar antes del asentamiento de los monjes, en el siglo XII. Pero, más allá de mitos, lo que está comprobado es la antigüedad del emplazamiento, al crearse en algún momento del siglo XII. “Los monasterios no aparecían de la noche a la mañana, requerían del método de la prueba y del error”, añade Fernández Ortea, en declaraciones a Henares al Día.

Ermita del Madroñal en Auñon
Ermita del Madroñal en Auñon

El Madroñal
La aparición del lugar fue, por tanto, prolongada en el tiempo. “Los monjes cistercienses se establecieron originalmente donde se encontraba la antigua ermita de Monsalud”, citaba Fernández Ortea. Sin embargo, las excavaciones arqueológicas realizadas, “no han podido arrojar luz a la cuestión fundacional”. Al menos, en relación a la fecha exacta de su erección. En cualquier caso, el origen de la comunidad cisterciense en los peñascales del Madroñal –actual término municipal de Auñón– no sólo es indicada por “la tradición cartesiana”, explica Fernández Ortea. “También consta en una bula del papa Inocencio IV de 1250”.

Pero, si su creación inicial fue a unos kilómetros de su ubicación actual, ¿por qué se mudó a Córcoles? Hubo múltiples razones para ello. En primer lugar, las condiciones del Madroñal no debían ser las más óptimas para la vida monacal. El edificio se hallaba en “lo alto de un risco que tenía muchos aires, estrechez para edificar y escasez de agua”. Por ello, sólo se pudo levantar un oratorio con espacio para seis o siete religiosos. Ante estas circunstancias, y las penurias de la primera situación, se decidió cambiar de enclave a uno más benigno.

Los frailes Fortunato Donato, Raimundo y Bueno fueron los pioneros, eligiendo un punto –el actual– caracterizado por ser más benigno y por la abundancia de recursos hídricos. “El río Sacedón sirvió tanto para la cocina como para los desechos de las letrinas”, explica Javier Fernández. Además, “para el consumo y el aprovechamiento hortícola se disponía de dos manantiales al Noreste y al Este del conjunto monástico”.

Una serie de causas de las que no se puede desgajar la gran presencia de topónimos de “índole sanitaria” en el nuevo emplazamiento. “Al propio «Monte de Salud» debemos sumar el vecino pueblo de Casasana y el área de aguas medicinales de lo que, posteriormente, fue el balneario y el Real Sitio de La Isabela”. “Las aguas de Córcoles, como las de Sacedón, tenían atribuciones terapéuticas contra las perselías, hidropesías, obstrucciones, infecundidades, gálicos, incontinencias urinarias, flujo menstrual, gonorreas, icterias, vértigos, herpes, lepras, tumores, úlceras, cuartanas, memoria, apetito…”, explica Javier Fernández Ortea. Con estos mimbres, se comenzó a levantar el monasterio en su nueva ubicación.

Monasterio de Monsalud. Foto Javier Fernández Ortea
Monasterio de Monsalud. Foto Javier Fernández Ortea

El arte
Esta génesis se acabó reflejando en la composición artística del complejo. “Una vez seleccionado el emplazamiento definitivo, el maestro de obras, enviado desde la casa–madre, realizaría los planos generales para la ejecución de la construcción”, explica Javier Fernández Ortea. En las actuaciones intervenían “cuadrillas de profesionales laicos” de los alrededores, lo que explica las diferencias regionales existentes entre edificios de esta misma Congregación.

A pesar de ello, se distinguen elementos comunes entre los monasterios cistercienses. Los preceptos de la Orden prohibían la “decoración superflua”, con el fin de de “privilegiar arquitectura y austeridad”. Así, el estilo artístico del Císter se alzó como “la manifestación de transición del románico al gótico”, un lenguaje propio del siglo XII. La esencia sencilla de esta corriente, “con pura geometría arquitectónica como una decoración, exiliada la pintura y la escultura”, respondía a la evasión de las distracciones terrenales y a la claridad litúrgica.

Una tendencia que se observa en la iglesia del complejo. El santuario se distingue por sus tres naves, su cabecera triple y por su único crucero. El ábside central se halla sustentado por cuatro nervios, que reposan en capiteles corintios rematados en “cornisa de trama floral”. “La cubrición del crucero es posterior, rematando el conjunto con una bóveda nervada de ocho arterias, que permite apreciar –al exterior– un ligero cimborrio”, añaden los especialistas.

Monasterio de Monsalud. Foto Javier Fernández Ortea
Monasterio de Monsalud. Foto Javier Fernández Ortea

El acceso al templo presenta cuatro puertas tardorrománicas y góticas, salvo la entrada principal –emplazada a los pies de la iglesia–, que es posterior, de la época renacentista. A su vez, los exteriores eclesiales se distinguen por su “sobriedad”, aunque muestran una “clara inspiración románica”. Los ábsides –tanto los laterales como el central– son un ejemplo de ello, al ser de inspiración lombarda. Además, el rosetón “es una muestra del paso del románico al gótico y su necesidad de inundar de luz el interior del monasterio, constituyéndose como un ejemplo del siglo XIII avanzado”, añade Javier Fernández Ortea.

El oratorio cuenta con varias capillas y una sacristía. Esta última es de origen románico, de forma rectangular, con “recios muros de sillería a soga y bóveda de cañón puro”. Además, la sala capitular se alza como “una estancia pequeña, de 25 metros cuadrados, con capacidad máxima para 40 personas”, añade Fernández Ortea. Los capiteles de los pilares se encuentran muy erosionados, por estar compuestos de arenisca. Mejor conservación tienen los de las columnas centrales, “un ejemplo de gótico pleno con potente ábaco octogonal”.

Monasterio de Monsalud. Foto Javier Fernández Ortea
Monasterio de Monsalud. Foto Javier Fernández Ortea

Un monasterio de estructura cisterciense
Saliendo del oratorio, el visitante se topa con la escalera principal, que baja al claustro desde el dormitorio. Fue construida en 1575, por el abad Fray Juan de la Cruz, aunque ya se encontraba prácticamente perdida en 1978. El dormitorio ocupaba el piso superior, desde la sacristía a la sala de los monjes, siendo ampliado –en el siglo XVI– hasta el final del refectorio. “Hoy sólo pueden verse los arranques de los arcos”, confirma Fernández Ortea. El locutorio, en cambio, se ubicaba al lado de las escaleras y “era empleado por el prior para dar instrucciones a los monjes e, incluso, facilitarles los aperos de labranza”. Junto a la sala capitular, “era la única estancia en la que estaba permitido hablar”.

Y si hacemos caso al modelo ideal de las construcciones cistercienses, tras la anterior estancia –el locutorio– estaría la sala de monjes, que, debido a “lo humilde del cenobio”, permitiría diversos usos. Entre ellos, el de scriptorium, sala de novicios y biblioteca. Esta recámara contaba con dos grandes ventanales, con el fin de iluminar los trabajos que en ella se hacían, además de los bancos corridos, los cuales –aún hoy– se conservan. El origen de esta estancia se data entre finales del siglo XII y mediados del XIII, aunque cuenta con “múltiples intervenciones posteriores”. Durante esta misma época, se trazó el ala norte, donde se hallaba el claustro, que tenía “un carácter eminentemente más defensivo”.

Monasterio de Monsalud. Foto Javier Fernández Ortea
Monasterio de Monsalud. Foto Javier Fernández Ortea

Asimismo, se ha de destacar la bodega, que definía como “un espacio de vital importancia”, al actuar de “contenedor de vino”, un “elemento imprescindible” en los Oficios y para la intendencia general del complejo. Se componía de un vestíbulo central, dos galerías en los laterales, una cegada y otra que se dirigía hacia el claustro. Se emplazaba en “un área circundada por muros de mampostería, que servirían como cuadras de animales, corrales, graneros, pajares, pisaderos de uva y estercoleros”.

El apogeo
El punto álgido de Monsalud tuvo lugar a inicios del siglo XV, gracias al “patrocinio y donaciones de sucesivos privilegios”, se indica en «Evolución histórica y patrimonial del Monasterio de Monsalud». El origen de este poderío se inició en 1167, cuando Córcoles fue concedido al cenobio, por parte del arcediano de Huete. A partir de ese momento, y durante los siguientes siglos, el enclave tendría un caminar ascendente. El primer pontífice que consagró la presencia cisterciense corcoleña fue Alejandro III, obispo de Roma entre 1159 y 1181. Poco después, en 1250, Inocencio IV confirmó todas las donaciones reales.

Sin embargo, la finalización de la «Reconquista», y la posterior pacificación interna de los reinos cristianos, generaron que muchos de los monasterios que habían servido de colonización y defensa de las fronteras perdieran su importancia. “La preeminente posición geoestratégica profesada durante la Edad Moderna desapareció con el advenimiento del Estado Moderno”, explica Javier Fernández. “La cualidad de baluarte en tierra hostil se perdió con la conquista de Al–Ándalus, repercutiendo en la protección e interés de la corona por el cenobio”. Aquí comenzó la decadencia de Monsalud, que se reforzó con guerras, intereses regios o procesos de depresión demográfica, que se prolongaron durante siglos.

Monasterio de Monsalud. Foto Javier Fernández Ortea
Monasterio de Monsalud. Foto Javier Fernández Ortea

Ya en el XIX, uno de los procesos que más profundizó en la ruina del emplazamiento fueron las desamortizaciones que se desarrollaron en España. Entre ellas, la de 1820. El apoyo que el clero dio a las ideas absolutistas fernandinas generó que los aperturistas, ahora en el gobierno, apostaran “más por la liquidación que por la reforma”. Por ello, el 1 de octubre de 1820 se promulgó la Ley de Regulares, que abogaba por la supresión de las órdenes monacales y el cierre de los monasterios con menos de 24 monjes. Monsalud fue eliminado el 1 de noviembre de 1820. Sin embargo, en historia, ningún derecho es irreversible. Cuando regresaron los absolutistas al poder en 1823, se restauraron los bienes desamortizados.

Y apenas 12 años más tarde, el 25 de julio de 1835, con los liberales otra vez desempeñando labores gubernativas, se produjo una nueva desamortización, la de Mendizábal. “La urgencia de ingresos en el Estado fue patente en la premura con la que se ejecutó la disposición, pues el 12 de agosto, Antonio Navas, comisionado por la Real caja de amortización del partido judicial de Huete, junto al abad Juan Cuevas, comenzaron la instrucción en Monsalud”. El monasterio se cerró el 9 de octubre, reubicándose sus religiosos en diferentes lugares y percibiendo las pensiones contempladas en el decreto de exclaustración.

Tras ello, se produjo la venta pública del lugar, recayendo sobre una de las familias aristocráticas más potentadas del momento, representada en la figura de Tomás Vizmanos, vinculado al condesado de Arcentales. “Lo compró a la Hacienda Nacional, así como un huerto con viñedo contiguo al mismo y un monte que producía la renta anual de 6.000 reales”, explicaba Pascual Madoz, en su gran obra de 1847.

Durante todo el siglo XIX, y hasta el inicio de la Segunda República, los propietarios vendieron en lotes las tierras pertenecientes al complejo. Los beneficiarios fueron los vecinos corcoleños, quienes recibieron –además– una participación en Monsalud. La mencionada “sangría” pervivió hasta 1931, cuando el gobierno republicano declaró el enclave como monumento histórico–artístico. A partir de ese momento, el lugar se concibió como un “referente” cultural y patrimonial, aunque escasamente turístico. Al menos, hasta la fecha.

Monasterio de Monsalud. Foto Javier Fernández Ortea
Monasterio de Monsalud. Foto Javier Fernández Ortea

Hacia la actualidad
Esta realidad no fue óbice para que el proceso de ruina se mantuviera. A pesar de dicha circunstancia –o precisamente por ella–, la concepción de Monsalud “cambió radicalmente” en el siglo XX. En primer lugar se ensalzó su impacto artístico, superando la perspectiva religiosa que había poseído hasta ese momento. Con el paso de los años, también se valorizó las potencialidades turísticas del lugar, comenzando a fomentar su apertura al público.

Como se mencionaba, la primera vez que se reconoció –legalmente– la importancia del cenobio fue en 1931, durante la Segunda República, declarándolo monumento histórico–artístico. Sin embargo, el complejo continuó sin rehabilitarse. Durante la Guerra Civil, y pese a que la mencionada declaración mantuvo su vigencia, “Monsalud ya era una ruina abandonada”, por lo que no se notaron los embates bélicos. “Tampoco fue usado como polvorín”, debido a que la deflagración apenas tuvo incidencia en Córcoles. Tras el fin de la contienda, se instauró la dictadura franquista, durante la cual el lugar siguió con su proceso de hundimiento. Hubo algunas intervenciones, como las ocurridas en 1960, cuando la Dirección General de Bellas Artes decidió “paliar el inexorable deterioro del monasterio”. Sin embargo, fueron actuaciones caracterizadas por su “emergencia” y “provisionalidad”.

Habría que esperar hasta la llegada de la Democracia para, al fin, observar un trabajo en el enclave bajo una perspectiva de conjunto. “En 1982 se llevó a cabo una actuación integral, más ambiciosa que los parches de las intervenciones anteriores”, explica Fernández Ortea. Por primera vez, “se buscó acometer una acción que se ocupase de todo el edificio y le rescatase de su acelerada degradación”. La fisionomía y conservación actual del edificio se debió a este plan arquitectónico, ideado por Jaime Nadal, quien, en su redacción, buscaba dos finalidades: “consolidar las fábricas existentes y adecuar las fábricas existentes”.

Monasterio de Monsalud. Foto Javier Fernández Ortea
Monasterio de Monsalud. Foto Javier Fernández Ortea

Posteriormente, se han hecho más operaciones, como la realizada en 1990, basada en una obra de emergencia que reparara la bóveda de la nave del evangelio, que se encontraba en muy mal estado. Asimismo, se programaron cuatro escuelas–taller durante la década de 1990, con el fin de preservar el conjunto. En 2010, se diseñó un Plan Director para Monsalud, para “mejorar el conocimiento del complejo”. De hecho, a partir de este momento, “se atendió a la dimensión territorial del cenobio”, valorando el papel del paisaje en “futuras propuestas de acontecimiento”, así como su impacto visual.

Pero cuatro más tarde –en 2014–, en plena crisis económica, se quiso cambiar el modelo de gestión del patrimonio castellanomanchego, basándose en una colaboración público–privada. En este contexto, tanto Monsalud como el yacimiento de Ercávica fueron adjudicados a Javier Fernández y a un equipo de arqueólogos vinculados a Guadalajara. “Por primera vez, un equipo con formación humanística y en gestión cultural tomaba la responsabilidad de la sostenibilidad del monumento, con el reto de alcanzar la rentabilidad”, reconocen los implicados. Sin embargo, no fue oro todo lo que relucía. No sólo no percibían apoyo económico de la administración, sino que debían pagar un canon a Castilla–La Mancha…

Monasterio de Monsalud. Foto Javier Fernández Ortea
Monasterio de Monsalud. Foto Javier Fernández Ortea

Además, el tiempo de la concesión –dos años más otros dos prorrogables– se alzaba como “una rémora para la inversión”. En consecuencia, se decidió redactar un Plan de Gestión, basado en la diversificación de ingresos, erradicar la estacionalidad turística o conseguir una plantilla estable de trabadores. Algo que se alcanzó durante los cuatro años que estos profesionales estuvieron al frente del proyecto. Gracias a ello, se consiguió multiplicar los visitantes anuales, hasta alcanzar los 2.880 visitantes en 2017, último año completo en el que el complejo fue gestionado bajo dicha fórmula. Por tanto, “se han sentado las bases para un recurso que precisa de una estrategia a largo plazo y financiación”, señala Fernández Ortea.

Por tanto, enclaves arriacenses como Monsalud bien merecen una visita. No sólo por su historia, que supera –ampliamente– los ocho siglos. También por su riqueza monumental y por su devenir antropológico y popular. Se trata de una riqueza que se ha de poner en valor. Ya se intentó –de manera muy positiva– entre 2014 y 2018, gracias a un equipo de profesionales en la gestión cultural. Sin embargo, tras ello, se ha diluido este esfuerzo, pandemia mediante. A día de hoy, encuentra infrautilizado, ya que podría convertirse en un foco turístico de calidad y moderno en esta zona de la Alcarria. En consecuencia, si se conoce el modelo, que funciona, ¿por qué las entidades competentes no apuestan por ello? Sería un magnífico revulsivo para divulgar la provincia y atraer turismo.

Bibliografía
BLÁQUEZ MIGUEL, Juan. Castilla–La Mancha. Magia, superstición y leyenda. León: Editorial Everest, 1995.

FERNÁNDEZ ORTEA, Javier. Evolución histórica y patrimonial del monasterio cisterciense de Monsalud. Del retiro espiritual a su apertura pública. Guadalajara: Océano Atlántico Editores, Aache Ediciones, Ayuntamiento de Sacedón (Guadalajara), 2023.

MADOZ, Pascual. Diccionario geográfico–estadístico–histórico de España y sus posesiones de Ultramar. Madrid: Estudio Tipográfico–Literario Universal, 1847.

MARTÍNEZ GARCÍA, Julio. Guadalajara, tierra de leyendas. Guadalajara: Océano Atlántico Editores, Aache Ediciones, 2023.

SAN PEDRO DE ALCÁNTARA, Fray Francisco Antonio. Historia de la antigua ciudad de Alce y Villa de Sacedón, s/n, 1766.