La Covacha

Pseudónimo: Orosia

Autora: Mª Elena Clemente Bermejo

Finalista

Martín Bermejo no sabe bien cuántas veces volvió a aquel lugar, cada verano, pero
recuerda con pasmosa fidelidad los momentos vividos en aquella mole de piedras grises
y musgo reseco donde mató por primera vez.

La Covacha no era una montaña al uso. Para él siempre había sido una especie de
santuario. El refugio perfecto para la perpetración.

A matar le enseñó su abuelo, matarife longevo al que acompañó durante diez años. “Tú
quédate ahí y mira”, le decía siempre antes de colocar al cochino en el banco de los
Mesón. Y Martín miraba. Miró durante años, hasta que cumplió los 20: “Mi abuelo no
era un asesino sino un maestro del gancho y el cuchillo”, defendía.

A Martín le gustaba el olor al helecho quemado, el baile de llamas sobre los pelos del
marrano, el corte perfecto del vientre hacia abajo y hasta la lengua, que hacía salir las
tripas con facilidad y llenaba de sangre la artesa de madera. Le fascinaba ver a su abuelo
santiguarse antes de empezar aquella liturgia que le llenaba de placer. Asistía, estupefacto,
al debate sobre la importancia de matar o cortar un día u otro, según saliera la luna. Sabía
que el cuarto creciente corrompía la carne y no servía para su conserva.

Piensa esto ahora, mientras se pone las botas y alcanza la mochila en la puerta. De la casa
de sus abuelos, el paseo que se dispone a dar dista media hora. Pasa primero la plaza,
bebe agua del pilón y luego se dirige al sendero que lleva a los prados deteniéndose
entonces, enmudecido, ante la puerta de forja del cementerio. Es un ritual que no perdona
nunca pero que tampoco entiende bien. Continúa camino abajo hasta llegar al riachuelo,
donde los cantos se amontonan como en un puzle mal encajado. Más de una vez se ha
tropezado en la misma piedra; más de una, los mosquitos se han dado el festín en ese
tramo. Siempre da la sombra y siempre hace frío.

Tras subir el repecho y pasar algunos robles, el camino continúa estrecho por otro paisaje,
más amarillo, menos salvaje, casi siempre reseco por el sol veraniego y picajoso. El
trayecto se salpica con cantuesos, brezo y piedras graníticas que sirven de asiento.

Mira de frente y se topa con la gran roca, repleta de años y leyendas. Sonríe a medias y
recuerda las veces que intentó escalarla sin éxito. Primero, le viene a la mente ese juego
que terminaba en risas y borrachera tonta con Jalvo, Suso y el Mochilo; después, los besos
con Elsa y las tardes de excursión a Peñarrubia y al río Sorbe, de bocadillos de mortadela
y Nocilla y cubatas de coñac y Colacao, cuando todos acordaban esconderse entre las
piedras y contar historias y rumores.

Los recuerdos le permiten avanzar confiado. Sortea, primero, los restos de una taina y,
después, el estrechísimo pasadizo de piedras pequeñas, puntiagudas y colocadas en punta.
Ha llegado. La pequeña explanada se abre como un corral perfecto. Como el suelo de una
caverna sin techo.

Hoy no hay luna. Aquella noche -lo recuerda bien- el cuerpo celeste avanzaba sin
ambages hacia su plenitud, dibujando una D imperfecta e inclinada. El cuarto creciente
arrojaba cada vez más luz a la escena y Martín comenzaba a llenarse de una vitalidad
inesperada, de una sensualidad desconocida que se volvía salvaje.

Recuerda que maldijo el momento preciso pero también que no sirvió de mucho. Lejos
de arrepentirse, se llenó de suficiente vigor para sacar de su bolsa el cuchillo de doble
corte del abuelo e introducirlo, sin mediar palabra, en el corazón de Suso.

Al matarlo, inconscientemente se dio cuenta de que hacía tiempo que lo deseaba. En el
preciso instante en que clavó el acero, la angustia que le acompañaba desde niño
desapareció en el aire. Sudó, sintió vértigo brevemente y suspiró. Sentía, quizás, que había
algo injusto en la ceremonia, pero pensó que así estaba bien. Todo, rápido. Todo,
decidido.

Han pasado 10 años y Martín pisa ahora mismo aquella explanada, el gran agujero donde
fue feliz cada verano, donde vivía sin necesidad de ser juzgado ni rendir cuentas a nadie.
Respira hondo, se encoge. El aire frío del Ocejón le hace daño al entrar en su garganta.

Parece que quisiera alegar algo pero no. Sale de allí resuelto, camino a Zarzuelilla. Huele
a helecho quemado.