Pseudónimo: La princesa de la Sierra
Autora: Eneritz Jimeno Pérez
11 años
Primer premio categoría infantil
Había una vez un «corcito» muy simpático, que campaba de aquí para allá, por los grandes bosques del ocejonero y jugaba con otros animales del lugar.
Un día, los grandes machos advirtieron que unos extraños habían acampado cerca de Umbralejo, sin saber muy bien sus intenciones. Corrían rumores de que habían organizado una gran cacería para llevarse las pieles de lobo hacia las Américas.
Todos los animales se pusieron en alerta y se agruparon en familias. Los más pequeños, jabatos y «corcitos», fueron ubicados en la Cueva de los Moros. Buitres, aguiluchos y demás rapaces lo hicieron en sus nidos sobre el río; zorros y ardillas, en la covacha. Los animales domésticos como mulas, machos, ovejas y cabras, también se recluyeron cerca de los pueblos.
Llegó el día en el que los treinta cazadores salieron al monte con una manada de sabuesos enfurecidos. La madre del pequeño «corcito» transmitió el peligro a los cachorros del lugar y les advirtió que debían quedarse a cubierto en la cueva, sin moverse, hasta que terminara la cacería y sus familias volvieran a buscarlos.
Hembras y machos salieron en busca de aquella gente para plantarles cara y ahuyentarles de sus tierras. Fue un combate a muerte.
Los hombres, asediados por los animales, empezaron a lanzar flechas y los perros a atacar, pero los serranos eran más. Hubo heridos y alguna baja, pero su pericia logró que los intrusos retrocedieran.
Los mastines de los rebaños se habían organizado para hacerse pasar por lobos y, unos encima de otros con lanas viejas, comenzaron a merodear por los pinares de Umbralejo asustando a los cazadores. Los gritos y gruñidos retumbaban en la sierra, de modo que los cazadores no tuvieron más remedio que desistir en su empeño y salir por patas.
Cuando estuvieron lo bastante lejos, los animales salieron de su escondrijo, todos menos los «corcitos» y los jabatos, que seguían en la Cueva de los Moros, jugando y ajenos a todo lo que ocurría fuera.
Al caer la noche sobre la sierra, al verse sin luz y solo iluminados por la gran luna de agosto, empezaron a sentir miedo.
—Pero tenemos que quedarnos aquí hasta que nos vengan a buscar —se repetían.
Entonces, los lobos comenzaron a aullar en la lejanía. Ellos sabían que el lobo podía matarles si los encontraban, pero pensaron:
—Si todo el bosque se ha conjurado para salvarlos, ¿Cómo nos van a atacar?. Empezaron a escuchar ramas romperse, pasos que se acercaban y el cantar del grillo. ¡Cuánto miedo tenían los pobres!
La gran loba blanca apareció en la puerta de la Cueva de los Moros. Todos estaban muertos de miedo.
—No temáis, pequeños. Vuestras familias están a punto de llegar. No os haremos nada.
Vuestras madres y padres nos han salvado. A la vista de la loba aparecieron sus lobeznos, que rápidamente se hicieron amigos del resto de cachorros serranos. La loba empezó a contarles historias de la sierra para calmarlos, y todos la escuchaban atentos.
Esa fue la estampa que se encontraron las familias cuando regresaron a la cueva.
Aunque cruzaron miradas reticentes, pronto comprendieron que juntos eran más fuertes y que todos podían necesitar la ayuda del otro en algún momento.
Desde entonces, todos los animales de la sierra conviven en paz bajo un pacto de no agresión secreto.


