Por San Roque

Pseudónimo: Miguel Nonell

Autor: José Miguel Cócera Mayor

Segundo premio

Se olía en el ambiente. Mi perro, Alvin, también adivinaba, nervioso, que toda la familia emprendíamos un viaje juntos. El coche acumulaba todo lo que mi madre creía necesario para comenzar una nueva vida. Aunque solo fuesen dos semanas de interludio entre tantas obligaciones, prisas y nervios diarios en Madrid. Mi hermana pequeña y yo ya conocíamos la sensación. Romper con el pasado inmediato. Sumergirnos en una sucesión de días largos, sin novedades, sin red en el móvil. De noches tranquilas, con las estrellas tan cerca y paseos sin destino aparente.

Volvíamos al pueblo de mi madre, Corralejo, donde coincidíamos con mis abuelos. Los añoro tanto en la ciudad. Ellos no me critican ni juzgan. Mi abuela me enseña los secretos de su cocina. Sobre todo, a cerrar los ojos mientras el aroma del guiso inunda mis sentidos.

Algún día haré las albóndigas con su receta. Mi abuelo me lleva a la parcela. Un trocito de campo sembrado donde conviven una huerta que nutre las ensaladas de buenos tomates y pimientos con unas viñas donde crece una uva verdeja de color amarillo pajizo, con reflejos verdosos. Le ayudo con las manos enguantadas y unas tijeras afiladísimas, poderosas, que me enseñó a utilizar al sesgo para cortar sin herir el tallo y no cortarme yo. Me encantaba el olor de las verduras que recolectábamos. Fragancias nítidas que cada año, durante las vacaciones, me devolvían a mi primera infancia, un lugar seguro, lleno de aromas, silencios, estrellas y canciones. Mi abuela y por ende mi madre siempre canturreaban en la casa, una actitud ensimismada, feliz. Se contagiaba el hechizo.

Bajo la sombra del pico Ocejón, tras cada amanecer, existía un mundo aparte, el arroyo. El río Jaramilla, de un agua cristalina y fría, corría impetuoso entre cultivos antes de internarse en un pequeño bosque de robles y encinas. Su lecho era firme, empedrado, lejos del cieno inseguro. Tenía varias charcas donde acudíamos en los días más calurosos a chapotear. Uno de los paseos favoritos con mi hermana y Alvin consistía en vadear el arroyo a contracorriente. Unas sandalias cangrejeras era todo lo necesario para sentir el cauce frío en nuestras piernas mientras caminábamos sin prisa. Cada año traía menos caudal, aunque la vida, si hay sol y agua, siempre resurge. Insectos, anfibios y diminutos peces nos acompañaban mientras los sentíamos alrededor. Me encantaba ver a mi hermana, de apenas nueve años, agacharse para ver mejor a los renacuajos, pasar sin asomo de temor al lado de los zapateros que merodeaban por las orillas o las libélulas en su constante deambular por los juncales.

Mención aparte merecen los animales. Íbamos con mi abuela a visitar a sus amigas. Era parte del ritual de reencuentros en cada verano. Las cuatro casas todavía en pie renacían con las familias que acudíamos puntuales cada verano para festejar a San Roque en agosto. Tras las preguntas de rigor sobre los estudios y lo crecidos que estábamos nos invitaban a sus corrales. Una de ellas, María, tenía cabritillas. Eran muy pequeñas, de cuernos ínfimos que bebían leche, vivían con su madre. Venían curiosas a saludar. Su otra gran amiga, Begoña, tenía gallinas, siempre nos decía que no debíamos gritar ni
asustarlas. En cuanto nos dejaban a mi hermana y a mí solos entrábamos a verlas de cerca y la algarabía de aquellas nerviosas ponedoras nos hacía salir corriendo entre risas.

Tras la comida se imponía una siesta. A falta de móviles mi madre siempre compraba libros para los dos, pero preferíamos la sesión con los abuelos. Entre dulces y bizcochos caseros la abuela comenzaba a relatarnos aventuras de su propia juventud. Elegía bien los capítulos de su vida. Tiempo habría para penas y tragedias. Las anécdotas, travesuras y correrías de sus años mozos nos conectaban en un espacio donde todo vuelve a ocurrir. El mismo río en momentos diferentes, quizás la mejor lección que recibo a su lado. Nos reíamos con sus bromas de juventud y ella se reencontraba al contarlo una vez más. Mi madre nos miraba y sonreía al ver ese vínculo, la complicidad entre generaciones, el afecto entre dos mundos, tan cerca y tan lejos.

Da igual cuantos años pasen. Esos días de mañanas silenciosas, donde solo suena el gallo al alba. De noches cerradas con miles de estrellas observándonos. De aromas y fragancias únicas, de luz tan blanca y familiar inundándolo todo. Son un espejo profundo a mis raíces, mi gente. Por San Roque.