Sueños perdidos

Pseudónimo: Bartolomé Cossio

Autor: Carlos Molinero Crespo

Finalista

Hay almas a las que uno tiene ganas de asomarse
como a una ventana llena de sol
F. G. Lorca

Un pequeño rayo de sol ha penetrado a través de la ventana. Lleva tres días lloviendo sin parar en el que dicen, está siendo el otoño más lluvioso de los últimos años. La humedad se palpita en el ambiente. Tengo la sensación de que mis huesos están húmedos y el frío ha traspasado mi piel. A veces tirito y ni siquiera la pequeña, sucia y áspera manta de que dispongo me hace entrar en calor.

En la celda, estoy con otro recluso. Se llama Faustino y está convencido de que pronto seremos libres. Yo soy más pesimista y me conformaría con no acabar ante el pelotón de fusilamiento.

Me gustaría poder aferrarme a algo para soportar la soledad de estas cuatro paredes.  Trato de recordar algunos acontecimientos felices de mi pasado y siempre llego al mismo lugar: el rostro sonriente de Teresa. Sólo ella es mi salvación.

Me llamo Aurelio Moreno. Nací en Madrid, aunque mis padres eran de un pueblecito de Guadalajara llamado Las Cabezadas. Estudié Magisterio en la Escuela Normal de Madrid, en la calle de San Bernardo. Siempre me agradaron los niños y la transformación que experimentaban a través del aprendizaje. Cuando entré en la Escuela mis conocimientos sobre pedagogía eran muy simples, pero pronto empecé a conocer a los pedagogos modernos: Giner de los Ríos, Ferrer i Guardia y Bartolomé Cossio artífice e ideólogo de las Misiones Pedagógicas.

La Misiones, fueron un proyecto solidario del gobierno, destinado a trasladar la cultura, el arte y la educación a lugares aislados como eran las zonas rurales de España. Maestros, alumnos y voluntarios en general llevaban a los pueblos libros, exposiciones, música, teatro y otras manifestaciones culturales que, normalmente, agradaban a los habitantes de estos lugares.

A principios de mayo de 1933, se puso en marcha una Misión Pedagógica a la que se denominó Serranía de Atienza que recorrería algunos pueblos del norte de Guadalajara. Necesitaban voluntarios que estudiaran el último año y pensé que sería una oportunidad para llevar el saber a esos remotos pueblos. Además, allí estaban mis orígenes.

No lo dudé un sólo momento y a las ordenes del profesor de Magisterio de Guadalajara, Don Eusebio Criado y junto a otros alumnos, nos enrolamos en aquella aventura novedosa y excitante.

El miércoles 24 de mayo llegaríamos a Condemios de Abajo para a lo largo de los nueve días que duraba la Misión, recorrer Galve de Sorbe, Cantalojas, Valverde de los Arroyos, Campillo de Ranas y Colmenar de la Sierra. Eran aldeas que parecían estar detenidas en el tiempo. De hecho, pensé que no habían evolucionado a lo largo de los siglos.

Fue en Cantalojas, el tercer día de misión, cuando la conocí. Era mediodía y la camioneta en la que viajábamos embarrancó en un enorme barrizal a la entrada del pueblo. Los lugareños, con ese sentimiento de solidaridad que se manifiesta tan fácilmente en los pueblos, nos ayudaron inmediatamente a sacar la rueda del charco. Almorzamos y el alguacil anunció nuestra presencia en el pueblo, convocando a las seis en la plaza mayor a todos los vecinos que lo desearan.

Preparamos todo en el Salón del Ayuntamiento para proyectar varias películas cómicas de
Charlot. Media hora antes de empezar la proyección, la sala estaba abarrotada. Los niños se sentaron en el suelo muy cerca de la pantalla, mientras que los adultos se trajeron una silla de casa.

Fue entonces cuando apareció ella. Me quedé mirándola y amablemente me sonrió. Debí
quedarme tan embelesado que Emilio, un buen amigo de la Escuela, me dio un codazo.

– Deja de mirarla hombre, que estás embobado.

Antes de iniciar la proyección, el alcalde del pueblo recibió de don Eusebio un lote de 100
libros, la mayoría de literatura clásica y también un gramófono con un estuche con discos de zarzuela y música clásica. El alcalde, parcamente, dio las gracias por la visita. Unas breves palabras del director del evento dieron paso a la magia de Chaplin.

Durante la proyección no dejé de mirarla. Ella se reía de los tortazos, caídas y tropiezos del
genio del cine mudo. Su rostro emanaba felicidad. Su mirada era dulce y cautivadora.

– ¿Cómo te llamas? -le pregunté cuando finalizó la proyección.

– Teresa ¿Y tú?

Apenas hablamos durante diez minutos que me parecieron de una indescriptible intensidad.
Al día siguiente partíamos hacia Valverde y aunque me prometió que iría a despedirse no
apareció. Me imagino que estaría ayudando a sus padres en las tareas del campo.

La mayoría de nosotros no sabemos por qué estamos encarcelados, ni cuál será nuestro
destino. Faustino es optimista y trata de animarme.

Mientras tanto, cierro los ojos y sólo veo el rostro sonriente de Teresa.