Danza Invisible

Pseudónimo: Toni Gárate

Autor: Antonio Nigorra Parejaz

Primer premio

El alarido de María, furioso e interminable, retumbó en la gélida noche de Galve. “El niño, se han llevado a mi niño”, gritaba desesperadamente, mientras su marido, Roberto, trataba de calmarla sin ningún éxito. Con sus gastadas zapatillas de estar en casa, recorrió despavorida y en pánico todas las callejuelas del pueblo chillando, primero ferozmente y luego lastimeramente, y repitiendo continuamente “A mí no, a mí no, dios, a mí no me puede tocar”. Los galvitos, asustados con los terroríficos aullidos, salieron velozmente de sus casas y se desplegaron organizadamente, todos a una como siempre, por las casas, por el pinar, por El Omano, por San Antón, por la carretera de Cantalojas y por el camino a Villacadima. Era muy querido, uno de los danzantes más jovencitos. La batida nocturna fue infructuosa. Los días siguientes, con el apoyo de los pueblos colindantes y numerosos policías y guardias civiles, tampoco dieron fruto. María, ajena a la investigación oficial, lamentándose e insistiendo en la misma cantinela (“a mi familia no nos puede tocar otra vez”), se perdía en el pinar desde primera hora y regresaba a su casa al anochecer, ya en penumbra, llena de terribles arañazos en piernas y brazos. Roberto intentó disuadirla, pero María, desconsolada, solo insistía en que debía hablar directamente con el señor del viento.

A la semana, todo cambió de repente. Una noche María volvió a su casa con una sonrisa luminosa y dijo solemnemente a Roberto: “está bien, es el elegido, tenemos que aceptarlo otra vez”. Roberto, un electricista que vino de la capital diez años antes a trabajar en una obra, la abrazó con fuerza y, sin comprender absolutamente nada, besó su frente con infinita pena y misericordia.

Al día siguiente, puntualmente a las cinco de la tarde y como haría hasta el final de su vida, María cogía su rebequita, el pastel de moras que había preparado con tanta dulzura y esmero, el favorito del niño, y emprendía su paseo por la carretera de Valdepinillos. A la altura de la Virgen del Pinar, se adentraba en el bosque y nadie sabía de ella durante dos horas. No faltaría nunca a la cita en los cincuenta próximos años. Nunca viajó. Algunos, solo los que venían de fuera, cuchicheaban a sus espaldas que estaba loca.

 

Veinte años más tarde de esa nueva desaparición, el espantoso incendio de la Mierla se extendía vorazmente por toda la Sierra Norte arrasando haciendas, pinares y sentimientos. Todos los pueblos de la zona peleaban con coraje y corazón para impedir un horror que no tenía fin. Al final de una mañana, una de las brigadas aterrizó en la plaza de Galve. Los bomberos forestales, visiblemente aturdidos y agotados, se dejaron caer junto al pilón. En seguida, todo el pueblo se arremolinó en torno a los héroes que habían conseguido alejar las llamas y mantener a salvo el pinar. Uno de ellos, el más veterano con un marcado acento gallego, se desembarazó de su pesado casco, lo tiró con rabia al suelo adoquinado y, con la cara negra, se inclinó a la fuente con sed de desierto. Luego se sentó pesadamente en el portalejo del ayuntamiento y, exhausto, suspiró con alivio y cerró sus ojos. Los chicos interrumpieron su descanso y comenzaron a atosigarle a preguntas. Bebió de nuevo con ansiedad y describió lentamente la odisea, la ferocidad de las llamas, la ausencia de manos para frenarlas, el calor abrasador, el aire sofocante, el olor a resina quemada, el humo negro y viscoso que invadía todo y, especialmente, el arrojo y el valor de sus compañeros. Cuando parecía que había finalizado su relato, murmuró: “Pero no entiendo nada, su puta madre, estábamos perdidos, nos vimos muertos, el fuego nos iba a sepultar, arrasar el pinar y hubiera llegado aquí. De repente, en la oscuridad, vimos aparecer cuatro tíos, chocando palos cortos unos con otros, que se movían armoniosamente entre los pinos, casi bailando, y nos señalaron por dónde salir de la ratonera. De no ser por estos flipados, no lo hubiéramos contado. Luego, no sé qué hicieron: parecía que abrazaban el fuego, se enroscaban a las llamas y se las llevaron en volandas. Llevo treinta años en esto y no he visto nada igual en mi vida; ha sido como un sueño”.

A su alrededor se hizo un silencio espeso y prolongado: los de Galve se miraron unos a otros furtivamente, entre ufanos y complacidos, y se alejaron discretamente. Inmediatamente se acercaron a casa de María y repitieron la historia del bombero. Ella no contestó, dibujó una sonrisa infinita en su rostro, se encaminó velozmente a la cocina y, gozosa, farfulló orgullosamente: “Venga, leñe, marchaos, parad de tanta cháchara, que tengo mucho que hacer, ¡cuatro raciones!, ¡una tarta entera en una hora!”.