Después

Pseudónimo: Abejeruco

Autor: Jesús Alonso Cañamares

Tercer premio

Hace cuatro años me despidieron del trabajo al que iba todas las mañanas. Salía de casa a las seis, atravesaba atascos y llegaba a la oficina a las siete y media en punto. Café de máquina. Fichar. Ocho horas. Vuelta a casa.

Tres años y ocho meses atrás, María, mi pareja, me dijo que estaba embarazada. Sentí vértigo. Con mi subsidio y su media jornada apenas llegábamos a fin de mes. Íbamos a ser cuatro.

Tres años y cinco meses atrás, nos subieron tanto el alquiler que regresar a la casa de mis abuelos en el pueblo, dejó de parecer una locura y se convirtió en la única salida posible de aquel laberinto. Estábamos mal, pero estábamos juntos.

Llegamos una mañana de otoño a las faldas del Alto Rey con la furgoneta llena de nuestra vida: libros, mantas, cables, cajas y cosas que ni siquiera sabíamos que teníamos.

Abrí la puerta.

Todo seguía allí. La silla de enea de mi abuela en el portal. Las garrotas de mi abuelo en el perchero. El calendario del Corazón de Jesús junto a la cocina de gas. La radio, el almirez, la cesta de coger castañas. Abrimos las ventanas y una luz tímida entró por las cortinas del pequeño salón.

María me abrazó por detrás.

—Esta es nuestra casa y yo me quedo contigo. Nos toca ser felices con esto —dijo.

Y lo fue.

Y lo fuimos.

Llegó el invierno y vivimos el embarazo junto a la lumbre. Caminábamos por una sierra casi vacía, recogíamos castañas y setas, arreglábamos las cuatro cosas de la casa y bajábamos a Las Minas al médico, a Atienza o a Sigüenza cuando hacía falta.
Vivíamos sin prisa, felices, pero con miedo.

El subsidio se acababa. Los ahorros también. Hicimos cuentas y después dejamos de hacerlas. Vimos el pueblo lleno durante las Navidades y tuvimos una idea: hablaríamos con el alcalde y abriríamos el teleclub los fines de semana a cambio de limpiar el ayuntamiento y mantener el edificio. Haríamos recados con la furgoneta a los mayores: unos días la compra, otros llevarlos al médico. María, si el embarazo iba bien, encadenaría trabajos por horas en Las Minas y yo buscaría algo que pudiera hacer desde casa.

Y funcionó.

Los pequeños nacieron en primavera. Fue una fiesta. Hacía catorce años que no nacía un niño en las faldas del Alto Rey.

Después pasó el tiempo. La casa de mis abuelos dejó de ser la casa de mis abuelos. Se convirtió en nuestro hogar. El pueblo dejó de parecernos pequeño y lejano. Teníamos amigos, vecinos, rutinas. Habíamos echado raíces sin darnos cuenta.

Y, como aquel primer día en la cocina de casa, María me abrazó desde atrás.

—Me quedo contigo aquí para siempre —dijo.

Hasta que llegó el fuego.

El verano pasado sonó el teléfono. El humo ya nos había avisado, pero no esperábamos la orden de marcharnos. Metimos en unas bolsas cuatro cosas de los niños, cuatro recuerdos y cerramos la puerta.

Cuando regresamos, habíamos vuelto a otro mundo.

Todo era gris. El silencio dolía. Sin pájaros, el aire parecía más grande. Las pavesas apagadas entraban por las rendijas y se posaban sobre los muebles como una nieve negra.

El pueblo seguía allí pero no estaba.

Durante días apenas hablamos. Mirábamos la montaña pelada y limpiábamos ceniza.

Pensábamos en el bar, en los paseos de los niños, en los animales.

¿Quién iba a venir ahora?, ¿Dónde jugarían ellos?, ¿Cómo se empieza de nuevo cuando todo lo que conocías parece haberse terminado?

Pensamos en marcharnos. Ahora que no quedaba nada, que los niños empezarían el cole, que todo era cuesta arriba en un sitio tan pequeño. Quizá era el momento de empezar de nuevo, de dejarlo todo otra vez.

Una mañana, muy temprano, me senté en la puerta de casa. Entonces se abrió una puerta y apareció Tula, la perrilla del tío Vicente.

—¡Tío Vicente! ¿Dónde va usted tan temprano?

—Al huerto.

Llevaba una azadilla al hombro.

—A quitar las matas quemadas y sembrar otras. Los tomates se han perdido, pero las coliflores habrá que plantarlas. ¿Dónde si no?

Y siguió calle abajo.

Lo vi alejarse y entendí.

El tío Vicente había visto terminarse muchas veces la sierra. Se acabó la resina. Se acabaron las minas. Se llevaron el médico. Cerraron la escuela.

Y él siguió allí.

No porque no tuviese dónde ir, sino porque había querido quedarse en su sierra para siempre.

Me levanté de golpe.

—¡Tío Vicente, espere!

Se volvió.

—¿Qué pasa?

—Que tengo que aprender a tener un huerto.

Miré la montaña quemada y escuché el primer pájaro en muchos días.

—Porque si me voy a quedar aquí para siempre, mis chiquillos tendrán que comer tomates y coliflores como los que me va a enseñar a plantar usted.

Y entonces decidí quedarme para siempre.