Molina de Aragón: la capital señorial

En la provincia existen tres ciudades. Una triada de localidades que, a lo largo de su historia, han conseguido el mencionado título. Se trata de Guadalajara, Sigüenza y Molina de Aragón. Son municipios con una luenga historia a sus espaldas. Se han convertido en protagonistas de diversos hechos históricos, lo que les ha reportado la mencionada consideración. Un reconocimiento que llevan a gala. Al fin y al cabo, son las únicas poblaciones arriacenses que cuentan con dicha calificación. Y eso que hay más de 400 núcleos dentro de los límites provinciales…

Ahora queremos destacar el caso de Molina de Aragón. Durante la Guerra de la Independencia, acaecida a inicios del siglo XIX, la oposición de sus vecinos generó que las tropas napoleónicas incendiaran la villa. Ardieron decenas de edificios. Tras ello, y en reconocimiento al comportamiento heroico de los molineses, se les otorgó la distinción «Muy Noble y Muy Leal Ciudad». Casi nada. “Las Cortes de Cádiz les concedieron este título”, confirma el director del museo municipal y especialista en historia local, Manuel Monasterio.

Sin embargo, ¿cuáles fueron los orígenes del municipio? Durante el periodo califal, la zona ya estaba habitada. Incluso desde antes. “Según las crónicas romanas de Diodoro, Polibio y Estrabón, fueron los celtíberos los que aportaron cierta identidad al emplazamiento, poblándolo durante varios siglos”, explican desde el Ayuntamiento. Más tarde, “un periodo de desolación transcurrió en toda la zona hasta la llegada de los musulmanes y la consiguiente creación de los reinos taifas en el siglo XI. Fue entonces cuando Molina apareció bajo el mandato del rey Abengalbón, tributario de Zaragoza y Valencia y buen amigo del Cid, según aparece en varias estrofas del cantar”, añaden fuentes municipales.

Pero el despegue definitivo llegaría tiempo más tarde, con la dominación cristiana. En esta época la zona fue repoblada por iniciativa de Manrique de Lara, nuevo señor del lugar. Y, además, durante la duodécima centuria el mencionado territorio también se constituyó en Señorío independiente, con fuero propio. “En los siglos XII y XIII la familia Lara se preocupó de engrandecer el emplazamiento con numerosas conquistas y obras de gran valor arquitectónico, como castillos, recintos amurallados, iglesias y conventos, haciendo de Molina una villa medieval con grandes privilegios para las gentes que vinieran a habitar estas tierras”, aseguran desde el Consistorio.

Más tarde, la soberanía del espacio fue disputada entre las Coronas de Castilla y de Aragón, hasta que en 1375 pasó definitivamente a manos castellanas. No obstante, la unión dinástica de ambos reinos acabó beneficiando a los molineses. De hecho, durante el mandato de Isabel y Fernando la ciudad creció económica y urbanísticamente. Empero, la relevancia del municipio no quedó aquí. También tuvo un cierto papel durante la Guerra de los Treinta Años –acaecida entre 1618 y 1648– y a lo largo del conflicto de sucesión, desarrollado a inicios del siglo XVIII. En esta conflagración fue escenario de algunas batallas entre las tropas borbónicas y austracistas, permaneciendo fiel a las primeras.
Y, como ya se ha comentado, en la contienda de independencia, que se desarrolló un siglo más tarde –a inicios del XIX–, Molina también se dejó notar. No sólo a través de la resistencia a las tropas francesas. También mediante la creación de una Junta Superior, lo que permitió que este espacio fuera mencionado en la Carta Magna de 1812 –germen del constitucionalismo español– como una entidad territorial. De hecho, en 1813 se creó la Diputación de «Guadalajara con Molina», simiente de la actual provincia arriacense.

Un casco histórico con solera
En cualquier caso, la ciudad siempre mantuvo la capitalidad señorial. Una situación que se reflejó en la localidad. Precisamente, dicho devenir histórico ha permitido que la población posea una riqueza patrimonial de gran relevancia. “Tenemos un conjunto monumental que conserva la estructura medieval”, añade Manuel Monasterio. “Molina es una ciudad surgida alrededor de un castillo de esta época”, explica el especialista.

Precisamente, éste es uno de sus complejos más importantes. “Este gran conjunto amurallado se encuentra formado por tres partes diferenciadas e identificables durante su visita: la muralla que rodeaba toda la villa medieval, la albacara y el patio de armas con sus torres principales”, explican fuentes municipales. “Fueron los señores de Lara los creadores de este monumento, que a lo largo de los siglos fue aumentando su tamaño y su perímetro”, corroboran desde el Ayuntamiento molinés.

– En este sentido, ¿es cierto que dicha estructura es la segunda más grande de España de sus características?

– Así es –asegura Monasterio–. Hay que tener en cuenta el sentido de «Estado [tapón]» que tenía el Señorío entre Castilla y Aragón. Era un espacio que servía de soporte para estructurar las fronteras existentes en la época.

Además, en el interior de esta fortaleza se encontraron –en 2005– los restos de la antigua iglesia de Santa María, de origen románico. “El templo se hallaba en el antiguo pueblo de Molina, que fue abandonado”, asegura Monasterio. “Fue más cómodo trasladar la ciudad a la zona del cinturón exterior de la muralla, porque estaba más cerca del río y porque era más fácil hacer allí las construcciones”, añade.

Una riqueza que no cesa
Sin embargo, el conjunto patrimonial no acaba aquí. El visitante tiene muchas más posibilidades. Entre ellas, conocer iglesias románicas, como Santa Clara – “una auténtica joya”, según los molineses–; o recorrer calles estrechas y angostas, propias del pasado medieval de la localidad. En estas vías, además, se podrá disfrutar –también– de viviendas recias, de piedra labrada en el primer piso y con una mampostería de gran calidad que llega a subir hasta cuatro alturas…

“Hay que tener en cuenta que Molina era una ciudad muy rica, ya que se trataba de un lugar con bastantes praderías, en las que pacían los ganados de la Mesta”, rememora Manuel Monasterio. “Además, muchas de las familias de la ciudad poseían título nobiliario y un puesto en Cortes, pero sus casas solariegas se encontraban en la ciudad molinesa, las cuales aún perviven en la actualidad”, añade.

– Y, en este contexto, ¿quedan restos de la sinagoga que existió en la localidad?

– Hemos hecho excavaciones en el barrio judío, en el todavía se ubica la Casa del Rabino –confirma Monasterio–. Además, en la parte superior del pueblo, en el exterior de la fortaleza, hemos encontrado el antiguo complejo sinagogal…

El mismo se constituía como un espacio dedicado al culto, pero que también tenía otras muchas funciones. “Coexistían una zona de estudio, el templo, diversos almacenes…”, añaden los historiadores. “Debía ser una sinagoga muy importante, porque hemos encontrado un conjunto de yeserías de gran relevancia”, explican. “Hay que tener en cuenta que este tipo de ornamentación era muy cara, por lo que el complejo debía contar con unos recursos muy importantes”, contextualizan los especialistas.

Pero, a pesar de dicha transcendencia, el caminante tendrá la oportunidad de conocer otros espacios de la ciudad, también interesantes. Entre ellos, la casa del obispo, que era el lugar donde la Diócesis cobraba los diezmos; el convento de San Francisco, “una de las estructuras monásticas más impresionantes que existen en Molina”; el puente románico sobre río Gallo; o el antiguo barrio árabe…

Un conjunto patrimonial impresionante que, además, se ve acompañado por el inigualable entorno natural que rodea a Molina. Sobre todo ahora, en esta época del año. “Se puede disfrutar de un otoño rojo y amarillo, con una gran actividad micológica”, aseguran desde este municipio. “Además, existe la posibilidad de observar la bajada de diversas especies –como el ciervo, el rebeco o el corzo– desde las alturas hacia los ríos”, se explica. Sin olvidar el Geoparque, que ocupa la práctica totalidad del Señorío, debido a la riqueza geológica de la comarca. “Todo esto permite paseos magníficos”, confirma Manuel Monasterio.

Por tanto, estamos ante una ciudad que bien merece una visita. O varias. No sólo por su impresionante patrimonio y su luenga historia. También por el entorno natural que la circunda, que es único. La persona que llegue hasta la localidad podrá recorrer sus recovecos históricos, pero –también– disfrutar de impresionantes paisajes. Y todo ello en apenas unos pocos kilómetros. Un lujo al alcance de todos…

Una ciudadanía viva
Sin embargo, los atractivos de Molina de Aragón no finalizan en lo relatado hasta ahora. Todo lo contrario. El caminante podrá disfrutar –asimismo– de las múltiples iniciativas que se organizan en la localidad. De hecho, “la ciudad quizá tenga uno de los mayores movimientos asociativos de España en proporción al número de vecinos”, asegura Manuel Monasterio.

“Es muy importante el impulso social y de revitalización que tiene el municipio”, añade.Hay asociaciones culturales, deportivas, teatrales… Por ejemplo, el Aula de Música –que se encuentra gestionada por una entidad ciudadana– cuenta actualmente con 180 alumnos. “Esto ocurre en una población que no llega a los 4.000 empadronadas, lo que supone que en torno al 5% de los vecinos se encuentran inscritos en esta formación”, confirma Monasterio.

Sin olvidar la relevancia del centro museístico molinés, administrado por la asociación de Amigos del Museo. En el mismo no sólo se exponen diferentes materiales y recursos expositivos. Su actividad va más allá. “Ha creado una pequeña línea editorial y, también, puso en marcha el proyecto del Geoparque”, añade el historiador molinés.

Además, se debe mencionar el aula de la UNED de la localidad, en la que se imparten diferentes enseñanzas superiores, así como diversas iniciativas de extensión universitaria. “Esta infraestructura se puso en marcha hace 12 años, siendo una forma de vincular una institución universitaria con Molina”, concluye Monasterio.

 

Julio Martínez

Historiador y periodista, especialista en comunicación ambiental y en Masonería mexicana. El reporterismo es mi vocación. Ahora informando desde Guadalajara. “Entre los individuos, como entre las Naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz” (Benito Juárez, 1867).